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domingo, 10 de abril de 2016

Aprender a mirar: II

          El profesor Stevenson se ensambló en mi memoria desde mis primeros recuerdos. La casa de Essex, en la cual pase los más saludables e imborrables veranos de mi infancia, aún debe conservar el penetrante olor a incienso que su colonia desprendía, hasta el punto de anticipar su llegada, algunos segundos antes de que  su cuerpo —y su mente— descansaran sobre la alfombrilla que daba la bienvenida a los pocos visitantes que recibíamos. No tengo recuerdos de estiaje en los que ese hombre no aparezca, al menos hasta que cumplí los catorce. Nunca entendí por qué dejamos de ir a Essex. Pero ahora, habiendo tomado distancia de todo, creo comprenderlo. A veces, las palabras que no pronunciamos, o escribimos, nos salvan la vida. Así sucedió en mi casa. Mis padres, de mutuo acuerdo, sin palabras, decidieron no regresar a aquella magnífica casa de verano, y a aquella relación que terminó por entumecerles los huesos a ambos. El profesor Stevenson era un ladrón de amor —un parásito, vamos—, que robaba el tiempo, el bienestar, el equilibrio y la cordura, a nuestra familia. Yo, en mi niñez, únicamente veía al gran aventurero, al hombre que había pasado gran parte de su vida de un continente a otro, saltando de selva en selva, de peligro en peligro, y de mujer en mujer. Me lo imaginaba, fusil en mano, arremetiendo contra un enorme y solemne paquidermo. Siempre con el sobrero puesto, y sin despeinarse. Así lo veía, en las numerosas y grisáceas fotografías que empapelaban su pequeña casa cercana a la nuestra, en Essex. Había cazado todos los animales que pisaban la corteza de la tierra. O eso me parecía entonces. Luego de las fotos, estaban los libros, que forraban las estanterías al mismo ritmo que sus fotografías, las paredes. Muchos de aquellos libros, llevaban su nombre impreso en letras de oro, sobre el lomo de sus cubiertas azuladas o rojas. Entrar en su casa marrón ocre, era para mí como viajar en el tiempo, y en el espacio, a través de los dibujos exóticos y las páginas, bellísimas, que ilustraban sus historias y cuentos, acerca del mundo y su naturaleza. Me maravillaba el gigantesco cuerno del elefante, que vigilaba amenazante la puerta de entrada, depositado sobre el suelo sobre un pequeño pedestal de marfil. Siempre me contaba la misma historia, con las mismas palabras:
         —Por culpa de ese cuerno, perdí un dedo de mi pie izquierdo. Justo es que ahora lo exhiba en mi casa, como si fuera mi criado.
          Yo siempre me preguntaba si el profesor conservaría el resto de las partes de su cuerpo, o le faltaba alguna otra. Nunca me atreví a averiguarlo. Aquello suponía una pregunta directa, y desde pequeño, aprendí que siempre se enfadaba con esa clase de atropellos. Cuando sentía curiosidad por algún objeto en particular, de los miles que invadían sus muebles victorianos, solo tenía que mencionarlo. Entonces él decidía si esa curiosidad mía, era discreta o lasciva. Y según su baremo, hablaba o callaba. Así era Robert Stevenson.
          Yo, Eduard Wordwood, con apenas seis años, tomé la decisión más preclara y acertada de mi vida. Quería ser escritor, como él. Quería viajar por todo el mundo, conocer los lugares más exóticos y fragantes que la madre tierra hubiera tenido a bien gestar, y reflejar mi experiencia sobre el papel, para que otros, pudieran cerrar los ojos por un instante y sentir lo que yo sintiera, hablará del lugar que hablara. Describiera lo que describiera. Quería ser como él. Quería ver mi nombre también impreso en los lomos de muchos libros. Quería ser famoso, y muy rico. Eso también. Quizá quisiera ser como el, y enamorarme de mi madre, y adorar a mi padre. Mas tarde, fui consciente de que, a los seis años, ya había conseguido mucho más de lo que el profesor tendría en toda su vida. Él quería ser yo, y yo quería ser él.
          Pero, por aquel entonces, nada sabía yo de las pasiones y revueltas del alma. De lo único que entendía, o creía entender, era de grandes aventuras y misteriosos lugares que él, con consentimiento de mis padres, me mostraba. Pasé una infancia recogida, entre mis libros de primaria y mi imaginación desorbitada, alentada por aquella persona que en nada se parecía a mi padre, y que apenas rozaba las faldas crujientes de madre. Pero de nada de eso, era yo consciente. Cuando sobrevino mi adolescencia, confusa y apremiante, fui arrancado de cuajo de todo aquello. Mi perseverancia y ahínco dio su fruto, años más tarde cuando, por decisión propia y tomada muchos años antes sin que fuera consciente, me matriculé en la universidad de Cambridge donde el profesor, acinado desde que dejamos Essex, impartía clases de literatura comparada. Una eminencia, con habitaciones privadas y propias, las cuales no abandonaba bajo ningún pretexto, salvo las clases ordinarias que el decanato le exigía. Mi estancia en sus dependencias privadas, era una deferencia a los años de mi infancia que compartí con él. Era consciente de éste hecho.
           Yo era un muchacho, en aquellos años, más que efervescente. Había pasado gran parte de mi vida, preparándome para ser el gran escritor que desde niño quise ser. Llegué a Cambridge con un montón de papeles en mi maleta, y la esperanza de un visto bueno. Pero aquellos papeles que colmaban mi orgullo y mi dignidad, volaron de su mesa al potente fuego que la chimenea emanaba, la primera tarde que el profesor tuvo la cortesía de recibirme.

          —Es usted un estúpido y un soberbio, Eduard. ¿A qué ha venido aquí? No tengo necesidad de leer ni una sola de sus palabras. Todo lo que me ha traído, querido, es basura, pasto para el fuego. Usted se ha olvidado del principio básico. ¿Es que no recuerda nada de lo que le enseñé, siendo niño?
           —Pero,... Si no se ha molestado en leer, profesor,...
             Su mirada iracunda era suficiente respuesta.
            —Aprenda a mirar, mi querido imbécil.

sábado, 2 de abril de 2016

Encuéntrame Volumen 2: Capítulo I

I

          La mansión de Grunewald aparecía en todas sus pesadillas. Alfredo se removía intranquilo, en la cama. Hacía tres días que él y Mario habían estado en aquel habitáculo explorando, con sus vertiginosas mentes, aquellos extraños cuadernillos. El efecto del narcótico —pensó— aún debía estar circulando por entre sus neuronas. Aquellos valiosos y anhelados volúmenes de la buhardilla de París, aparecían recurrentemente en sus sueños. Deslizaba suavemente los dedos sobre sus cubiertas. Los manuscritos, que entraban en contacto con el roce de su piel, se desintegraban en el aire automáticamente, esfumándose ante sus ojos y provocando, en Alfredo, un malestar que conjugaba desazón e impotencia. Nada podía saber de lo que contenían. Cuando el quinto volumen, un incunable, la Biblia de Gutenberg, íntegramente, se volatilizaba, un grito de desesperación le despertaba. Era su propia garganta la que lo emitía y le sacaba de sus pesadillas, en un intento de supervivencia mediocre. Alfredo sabía que volvería a soñar lo mismo la noche siguiente, como la anterior. Ninguno de los tres ejemplares de la Staatsbibliothek estaba completo. Aquel que acababa de hacer desaparecer, sí.
          Mario estuvo algunos días más en Schlachtensee. Anduvo muy ocupado yendo y viniendo del laboratorio, en busca de respuestas. Alfredo se levantó de la cama y sonrió levemente, rememorando la cara de sorpresa de Mario cuando le dio aquellos dos objetos. Recordó qué, en el último momento, introdujo el vaso en su bolsillo. Pero no tenía ni idea de cómo había llegado la jeringuilla al mismo lugar. La memoria jugaba con él. Cuando oyó el giro de la llave, Alfredo adoptó la misma posición que su amigo, sobre la mesa. Cuatro hombres los sujetaron y los llevaron al exterior de la mansión de Grunewald. Pero no utilizaron la puerta principal. Alfredo percibió como los transportaban en un ascensor hacia la planta más inferior de la inaccesible vivienda, donde la luz era artificial. Tras recorrer varios pasillos estrechos, salieron al exterior por una pequeña puerta diferente a la principal, oculta a simple vista. Había alguna otra entrada, un acceso que quizás no estuviera vigilado.
Alfredo era consciente de que su amigo no escarbaría en su mente sin su consentimiento. Pero aún así, se comportó de manera esquiva. Si Mario se enteraba de sus pesadillas, se preocuparía por él, y ya parecía bastante preocupado cuando llegó a Berlín. No quería sumarse a su lista, pero sobre todo, no quería que el policía supiera nada de su descubrimiento.
Cuando por fin se marchó, sintió cierto alivio.
—No pareces el mismo desde que estuvimos en Grunewald —bromeó Mario—. ¿Me vas a contar lo que te pasa, o tengo que averiguarlo por mí mismo?
Alfredo se encogió de hombros.
—Tú tampoco, querido amigo. Parece que la experiencia de los cuadernillos nos ha impresionado bastante a los dos. Siempre hay alguna primera vez para todo,…
          Mario se arregló un poco el pelo con los dedos. Alfredo conocía esa señal. El policía estaba preocupado.
          —Escucha,... Ten cuidado. No hagas nada de lo que puedas arrepentirte.
          Alfredo soltó una carcajada nerviosa.
          —Creo que deberías preocuparte más por otras cosas antes que por mí. ¿No ves que ya he cumplido la mayoría de edad?
          Mario hizo una mueca. Alfredo continuó, afable.
          —A ver, colega. Nos acabamos de enterar de que hay un execrable ser de no menos de setecientos años, comiendo muertos por ahí sin ton ni son. ¿Y tú te preocupas por mi estado de salud? ¿En qué estas pensando?
          Mario refutó, molesto.
          —Me parece que no me he explicado bien, Alfredo. Sólo te digo que tengas cuidado. No me gusta Coleman, y no quiero que te acerques a él, ni a su biblioteca. Es peligroso. ¿Me has entendido?
          —A la perfección, Mario. Tienes mi palabra, si así te quedas más tranquilo. Pero —prosiguió— a mi tampoco me gusta ese caso de los hatillos, ni el tal Miguel, ni la bruja de Lucía. ¿Te mantendrás alejado de ellos?
          Mario volvió a blasfemar.
          —Sabes que no puedo hacer eso. Es parte de mi trabajo.
          —Las bibliotecas forman parte de mi trabajo —replicó Alfredo—. Eso, tú también deberías comprenderlo.
          —Esa biblioteca, no —respondió, tácito.
          —Ya veremos.

          Alfredo no se alegró de que Mario se marchara aquella mañana, pero agradeció desprenderse de la presión que ejercía sobre él. En determinadas ocasiones, Mario podía ser demasiado protector. No le contó nada de sus pesadillas, ni de los oscuros pasillos subterráneos de la casa de Grunewald, donde el aroma de una magnífica biblioteca se había introducido por su nariz hasta embadurnarle la garganta. Podía reconocerlo, y paladearlo, aunque fuera la mayor de las torturas conocidas para un ser humano. Estaba delante de una pieza de carne, podía verla y al mismo tiempo sentir como su estómago se retorcía por el hambre, pero no podía comerla. Y ese deseo sería cada vez más doloroso. Le llevaría hasta la locura.

          Se quedó mirando el taxi de Mario, mientras se alejaba calle arriba. Tenía la extraña sensación de que no volvería a ver a su amigo en mucho tiempo. Se sentó en los escalones de la puerta de entrada, molesto consigo mismo. Nunca había discutido con él, ni siquiera en los momentos más duros de su vida, cuando Mario acabó su carrera universitaria y decidió dedicarse a extorsionar a todo ser viviente que tuviera miserias ocultas. Su amigo sacó provecho, ocultando su identidad, de todas las personas que conocía y, cuando esto no fue suficiente, puso sus miras en empresarios, políticos y altos cargos de diversa índole. Todo el que lo merecía, había pagado a Mario por su silencio. Era un precio justo, según él, por los actos malvados que a diario esas almas cometían contra la humanidad. Como resultado de esa práctica, Mario acumuló, a lo largo de varios años, una gran fortuna, que en parte invirtió o transformó en patrimonio, y en parte distribuyó por entidades bancarias de países extranjeros.
          Ni siquiera entonces Alfredo le dijo lo que pensaba. Esperó pacientemente a que su amigo le diera la explicación que ya sabía. Mario aún no había perdonado a aquel profesor que le castigó a causa de sus extraordinarias capacidades mentales. Cuando el policía estuvo preparado, un día, se sinceró. Como siempre, Alfredo estaba en el lugar preciso, escuchando sin juzgar. Mario lo agradeció.
          —Nuestro antiguo maestro ya está muerto —expuso Alfredo, llanamente—. No puedes castigar a todo el mundo, ni esperar que las personas cambien a costa tuya.
          —Lo sé —explicó—pero puedo evitar que vuelva a suceder.
          —No —respondió su amigo—. No puedes.
          Entonces Mario cambió. Abandonó su extraña idea sobre la justicia y se matriculó en criminología. Ahora luchaba desde otro bando. Alfredo tampoco estaba seguro de que esa fuera la decisión apropiada.

          El taxi se perdió de su vista definitivamente. Alfredo se levantó de los escalones y entró en la casa. Hacía frío. Antes de cerrar la puerta, observó la casa del médico unos instantes. Las contraventanas aún permanecían cerradas. Mario le había contado que el doctor Avend estaba en Grunewald, y que conocía a Coleman. Sintió un escalofrío. Por lo que sabía de su vecino, trabajaba en el Hospital, pero ignoraba los aspectos de su vida personal. Pero de John Coleman, si tenía algunas referencias.

El americano llegó de Estados Unidos en 1954, instalándose en Berlín con apenas veinte años. Durante algún tiempo vivió en un pequeño apartamento en el barrio de Kreuzberg, para trasladarse, tras la construcción del Muro, a su actual residencia. Alfredo tenía constancia de que Coleman había participado eficazmente en las complicadas comunicaciones que se establecieron entre los habitantes de las dos partes de la ciudad. Ese hombre había sido un activo importante sobre el que se sustentaron las relaciones de las familias separadas. Se encargó de definir un complicado laberinto subterráneo, mediante el que muchas familias pudieron verse y abrazarse, en ocasiones. Del mismo modo, el laberinto abastecía de alimento a los habitantes del maltrecho Berlín Oriental. Sólo existían dos reglas. El silencio era la primera. Coleman nunca permitió que el secreto trascendiera, aplicando la Pena Capital en algunos casos. La segunda regla, prohibía la huída. Nadie podía abandonar la parte oriental. Salvo casos excepcionales, permitidos por Coleman. Se aplicaba el mismo castigo.
Tras la caída del Muro, parte de estos túneles subterráneos fueron descubiertos, y con ellos la certidumbre de que las dos vertientes de la ciudad se comunicaron, en un continuo y discreto ir y venir de personas y mercancías, ignorado por las autoridades de ambas partes, y del mundo en general. El nombre de John Coleman salió a relucir en las primeras investigaciones periodísticas. Poco después, como por arte de magia, dejó de relacionarse con los túneles secretos. Otro nombre ocupó su lugar, asumiendo la nobleza de aquellos actos desinteresados. A lo largo de aquellos años, John Coleman se hizo sumamente rico.
Alfredo había llegado a esas conclusiones sin mucha dificultad. Berlín era una ciudad plagada de secretos escritos, que podías encontrar donde menos lo esperabas. Cuando alquiló aquella casa, se topó con varias cajas olvidadas en el siniestro sótano. Contenían, entre otros objetos, unas pocas cartas personales del antiguo dueño, dirigidas a su esposa. En ellas narraba, fragmentariamente, las esporádicas visitas a Schlachtensee de aquel hombre, el aprovisionamiento de víveres que su mujer, y otros, le procuraban, y la imposibilidad de quedarse junto a su familia, en la casa del lago. Un tal Kollem, al que nadie conocía, imponía las normas. Podían cruzar, por un precio módico, con discreción, pero no podían quedarse.
Alfredo rememoró la mañana en que encontró aquellas cartas, y cómo se hizo la luz en su mente. Relacionó los artículos de prensa con las misivas casi al instante. Coleman había impuesto sus normas durante aquella época.
No sabía mucho más sobre él. Ahora, el norteamericano andaría sobre los ochenta años. Lo único de lo que tenía certeza, era de su biblioteca. Estaba seguro de que muy pocas personas eran conscientes del valioso contenido de la casa de Grunewald, e incluso a él le sorprendía haberse enterado de ello. Ocurrió un día, por casualidad. Husmeando entre los manuscritos de la Staatsbibliothek, encontró un catálogo de bibliotecas europeas, editado ese mismo año, que le había pasado desapercibido. Se extrañó: primero, por haberlo pasado por alto. Segundo, porque aquella biblioteca estaba en Berlín, al alcance de su mano. Tercero, porque en la descripción de contenidos, figuraban las palabras “sin referencias.”
Ahora recordaba aquel momento, en el que quedó atrapado por una curiosidad desbordante. Desde ese día, no pensó en otra cosa que en visitar la casa de Grunewald. A la mañana siguiente, de vuelta al trabajo, buscó de nuevo el dichoso catálogo, pero no fue capaz de dar con él. Escrutó entre todos los papeles y manuscritos que había utilizado al día anterior. Ni rastro. El catálogo había desaparecido.

Alfredo pidió cita para visitar la mansión de Coleman. Suponía que sus referencias le bastarían para acceder sin problemas. Pero supuso demasiado. Durante varios meses, recibió constantes negativas. Utilizó la técnica del disco rayado, hasta que un buen día, la respuesta fue afirmativa.
Acudió a Grunewald, consiguiendo una entrevista con el inaccesible John Coleman. Mientras esperaba, en aquella blanca y deslumbrante sala, observó un manuscrito que había sido abandonado, descuidadamente, sobre la mesa central. No pudo evitarlo. Su mano, con vida propia, se depositó suavemente sobre su cubierta, al mismo tiempo que en su mente resonaron las palabras de Dante: “Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate.”
Sin previo aviso, otra mano le sujetó fuertemente el brazo, obligándole a retirar la suya del manuscrito. Era una edición del Infierno de la Comedia, fechada en 1307. Los ojos del señor Coleman le observaban, irritados, mientras un mayordomo extraordinariamente corpulento para sus funciones domésticas, le doblaba el brazo sobre la espalda, uniendo la palma de la mano de Alfredo junto con su nuca. Emitió un grito.
Coleman se inclinó sobre Alfredo, hasta que éste sintió su respiración lenta sobre la base del cuello. Estaba inmovilizado.
—Es usted muy atrevido, señor Arboleda. ¿Quién le ha dado permiso para hurgar en mis pertenencias?
Alfredo no tuvo tiempo de responder. A un gesto del anciano, el mayordomo le empujó sin deferencia, fuera de la sala, y de la casa. El bibliotecario se quedó plantado frente a la puerta de la vivienda de Grunewald, perplejo. Frotándose insistentemente el dolorido brazo. Acababa de tener la visita más corta de su vida a una biblioteca. Chasqueó la lengua, enfadado.
En su mente todavía danzaban las siniestras palabras del Infierno, de Dante: “Abandona toda esperanza, si entras aquí.”