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domingo, 27 de julio de 2014

Diario de una mujer del siglo XX (4)

     Asunción llevaba una maleta pequeña de cartón con sus pertenencias. Doña Encarna, grávida y solemne, caminaba con dificultad, de su brazo, por la Estación de Francia. Apenas parecían darse cuenta del  bullicio reinante. Ambas mujeres conversaban serenamente, ajenas al entorno, como si no hubiera nada ni nadie alrededor.
     —¿Estás segura?
     —Si, tía. Lo estoy.
     —Siempre podrás volver a mi casa. Te vamos a echar de menos.

     Asunción apenas escuchaba a Doña Encarna. Paseaba su mirada de un lado a otro de la estación, como esperando una aparición que no llegaba.
     —No ha venido. Deja de buscarlo— aclaró su tía.
     —No ha venido— repitió ella.
    Caminaron algunos pasos, hasta llegar al andén donde, con parsimonia, la máquina ronroneaba, esperando su hora.
     —Ayer tarde acudió a casa. Está que no es él, niña. ¿Qué le has dicho?
     Asunción no respondió inmediatamente. Dejó la maleta en el suelo y se alisó la falda que le cubría las rodillas. Doña Encarna le corrigió con mimo el pequeño sombrero que ocultaba parte de su cabello.
     —Se le pasará, tía. Siempre ocurre lo mismo. El tiempo cura las heridas.
    Doña Encarna endureció sus labios.
     —No, niña. Hay heridas que nunca llegan a desaparecer. Parece que sí, pero cuanto más vieja se hace una, más se lamenta de las cosas que se dejó a medias.
     —Si no me fuera, tía, la conciencia me remordería  toda la vida. 
     —Morirás con la conciencia tranquila, eso sí. Pero nada más, y conforme pasen los años, más te pesará. Dile que se vaya contigo, no lo dejes pasar. Cásate y ten una vida plena.
     —¿Y convertirlo en maestro de pueblo, tía? Eso, contando, con que acabe los estudios. Déjelo estar, tía. Javier no es un hombre para esos terrenos.
     Doña Encarna sonrió, consciente de que por mucho que le hablara, aquella niña había nacido terca y así seguiría el resto de su vida. Nadie aprende por boca ajena. Aún así, insistió por última vez.
     —¿Por qué no se lo preguntas a él?
     Asunción miró al suelo, donde todavía descansaba su maleta.
     —Tendrá razón, tía, pero ya lo he decidido. No hablemos más de ello.
     El potente silbido de la locomotora asustó a las dos mujeres. Asunción abrazó a su tía apresuradamente y recogió su equipaje del suelo. Doña Encarna no la perdió de vista hasta que subió al vagón. Echaría de menos a la niña. ¡Quién se lo iba a decir! Después de tantos años de soledad, en Barcelona,  aquella muchacha había ocupado sus tardes regalándole una complicidad y un sentimiento maternal nuevo para ella. Se había convertido en la hija que nunca había tenido. Jugeteó con su collar de perlas australianas, regalo de su adinerado y difunto esposo. 
     —¡Niña, espera!
     Asunción se dio media vuelta, mientras veía correr a su tía hacia la puerta del vagón. 
     —¡Tía! No corra de esa manera —espetó—, que le va a dar algo. 
     Cuando, por última vez, las dos mujeres se miraron, Asunción pudo ver que los ojos de su tía brillaban.
     —Te llevas mi corazón, niña. Es justo que me hagas un favor, a cambio.
     Doña Encarna deslizó el collar en su mano.
     —¡Tía,no!
     —Guárdamelo, ese favor te pido. Tendrás que volver cuando te lo reclame.

     El silbido de la locomotora invadió de nuevo el andén. Asunción subió, y se hizo consciente del estruendo que las había acompañado durante su despedida. No pudo escuchar las últimas palabras de su tía. El tren comenzó a rodar con lentitud, alejándola de su vida y de su libertad. Desde la puerta, volvió a buscarle. A cierta distancia, le pareció que un hombre daba vueltas al ala de su sombrero. Su corazón reventó en ese momento, y comenzó a llorar.
     















martes, 22 de julio de 2014

Aprender a mirar

     Yo soy. Yo pienso. Yo digo. Yo tengo. Yo espero. Yo siento. Mientras tanto, los días pasan dentro de un cuentagotas de cristal, inyectando en mi antebrazo cada uno de mis pensamientos y sentimientos, como si fueran heroína. Y cada uno se amplifica como un órgano dentro de una catedral. Mi cuerpo es esa catedral que hace resonar ese compendio, hasta magnificarlo como si fuera lo último y supremo en el quehacer de cada día. Todos ellos, en concordancia perfecta, construyen sin yo saberlo un requiem que reza mi muerte, mucho antes de que yo haya muerto.
     —No le entiendo, profesor. Hable más alto.
     —No hay nada que entender. Yo soy, yo espero, yo siento. Y cada día en torno a mí es un día que pierdo. Y tú, ¿realmente quieres ser escritor?
     —Claro, profesor. Es lo que más deseo en el mundo.
     —¿Usted?
     No entiendo. ¿Está hablando conmigo?

     Mi profesor, bastón en mano, caminó unos pasos, hasta llegar a la ventana de su despacho. Desde allí, podía acechar la gran explanada que rodeaba el edificio de la Universidad, y que yo tantas veces había recorrido en su compañía.
     —Usted es una cortesía. Una palabra que emana respeto por sí misma. Hasta un tonto lo entendería. Pero esa no es la cuestión. Su problema es otro. Se lo acabo de explicar. ¿Es que no ha entendido nada de lo que le he dicho?
     —No, profesor. No entiendo nada de lo que me está diciendo.

     El hombre, al que no volvería a ver vivo, lanzó sobre mí su bastón, con una falta de destreza que me dio la oportunidad de esquivarlo a tiempo. Derrotado, se dejó caer sobre el sillón que cada día acercaba a la ventana. Allí, solía pasar las horas mirando el campus, en silencio, observando. Yo me mantuve a cierta distancia, evaluando la posibilidad de que me lanzara otro objeto que se encontrara próximo a su mano. Cuando ya pensaba que se había dormido, su voz me trajo de nuevo a la habitación. Retumbó en mis oídos como si saliera de un inframundo oscuro y doloroso. Mi piel se erizó cuando sentí su caricia helada.
     —Le contaré un secreto que le facilitará el camino como escritor, pero nunca debe repetirlo.
     Asentí suavemente con mis párpados. No sé si  llegó a percibirlo. Tenía miedo que de mis propias palabras rompieran el hechizo en el que ambos estábamos sumergidos.Tenía miedo de que enmudeciera de nuevo. Nunca, entonces, llegaría a saber la razón de su éxito.
     —¿Le apetece un poco de vino? Tenga la amabilidad de servirme una copa. Otra para usted, por supuesto.
     ¿Vino? Lo que me urgía es que se dejara de tonterías y hablara de una vez claro. Pero mis acciones no obedecieron a mi pensamiento. Serví su copa y, a disgusto, la mía.
     —Usted, realmente no tiene solución. Nunca llegará a ser un gran escritor. ¿Sabe por qué? Su propia cabeza se lo impide. Sus sentimientos gobiernan sus pensamientos, y éstos últimos, sus actos. ¿Le parece sencillo? 
     Mi expresión, como siempre, le dio la respuesta.
     Se lo explicaré de otra manera, si le parece. La diferencia entre usted y yo, cuando escribimos, no radica en la calidad del texto.Usted utiliza las palabras tanto mejor que yo. Su lenguaje es exquisito. Una lástima, cuando sólo se esgrime para hablar de uno mismo. Pero escribir buena narrativa no consiste en eso. Debe ir más allá. Debe aprender a mirar. Dígame, ¿qué ve en la explanada?
     Me acerqué a la ventana con prudencia. Desde allí, dominaba de un vistazo el ir y venir de los estudiantes por el campus, en un trasiego que era el común a las doce del mediodía. Nada que llamara especialmente mi atención.
     —El campus— respondí agriamente—. Con los estudiantes de todos los día. Mis compañeros.

     La copa de vino se quebró entre sus dedos sin apenas hacer ruido. Su puño se cerró sobre ella como un cascanueces sobre el fruto. Su rostro apenas cambió de expresión.
     —Escuche, amigo mío. Imagine que su copa, y la mía, ambas, contienen una sustancia inolora, incolora, e insípida, pero letal. Imagine que ésta será la última vez que mirará a través de esa ventana, porque el efecto del veneno que ahora circula por su sangre, no tardará en paralizar sus músculos, y ascenderá por su médula espinal hasta invadir cada una de sus neuronas. Primero, dejará de sentir. Automáticamente, sus pensamientos serán independientes de sus sentimientos, pero sólo durante unos momentos. Aproveche ese instante y hábleme. ¿Qué es lo que ve ahora?
     El sudor que afloró de cada uno de mis poros se sedimentó al contacto de la piel helada, formando una película de escarcha que aumentó mi sensación de frío. Empecé a temblar 
involuntariamente, al mismo tiempo que me subía el cuello de la rebeca gris que mi madre me había regalado por Navidad. Me asomé a la ventana de nuevo, sintiendo su aliento, aún más frío, sobre mi cuello.
     —Sólo cuando dejamos de pensar en nosotros mismos, podemos aprender a mirar, a leer en las mentes de las personas. Usted no tiene remedio. Nunca será capaz de leer los sentimientos de los demás, nunca diseccionará sus almas. Su mente hace demasiado ruido. Sólo le queda una oportunidad. Dígame, ¿qué es lo que ve?
     Mis labios se movieron antes de que yo fuera consciente. Conforme fui describiendo, mi mano fue señalando cada uno de mis personajes.
     —Aquella pareja, ¿los ve?
     —Siga.
     —Él es un vampiro, que esta noche devorará a ese ángel. Hará negro lo blanco, e impuro lo puro. Ella nunca volverá a ser la misma persona. En una noche, su alma será engullida por los demonios, y se convertirá en uno de ellos.
     —¡Bravo!
     —Ese hombre junto al árbol, lleva un arma en su bolsillo. No la usará si no es por un motivo.
     —¿Qué motivo?
     —La chica. Está enamorado de ella.
     —¿Y matará al vampiro?
     —No. No es lo suficientemente fuerte.
     —Bien. ¿Y el profesor?
     Mis ojos volaron hacia la puerta del edificio. El profesor Robertson caminaba con paso firme 
hacia la salida del campus.
     —Es un mentiroso—rumié, cuando caí en la cuenta—. Parece un hombre honesto, pero no lo es. Arderá en el infierno por sus pecados.
     —Al profesor Robertson le gusta la carne poco hecha—confirmó. Es otro depredador, como el vampiro.
     Mi profesor me ofreció un vaso de agua. Lo miré, pero no alcancé a sostenerlo con mi mano. Mi cuerpo se derrumbó sobre la alfombra como un obelisco sobre la arena del desierto. No tenía fuerzas para sostenerme en pie. De mis sentidos, solo la vista y el oído registraban aún el espacio en el que me encontraba.
     —Y, dígame, ahora, querido amigo, que es lo que quiere hacer.
     Tenía el cuerpo completamente paralizado. Mis ojos suplicaban, aterrorizados.
     —Si usted quiere llegar a ser un buen escritor, tendrá que aprender a mirar. Y eso sólo sucederá cuando muera su ego. ¿Se da cuenta, ahora, de lo que le he estado explicando durante cinco años?
     El aire apenas entraba en mi pecho. El profesor acercó su oído a mi boca.
     —No le oigo. ¿Podría hablar más alto?
     Mis propias frases, en sus labios, me devolvieron mi ofensa inicial.
     —¿Quiere vivir, escribir o morir? ¡Decídase de una vez!
     Reuní todas las fuerzas que me quedaban, antes de exhalar las palabras que me salvaron la vida.
     —Vivir, profesor. Quiero vivir.
     —Así sea.

     El hombre acercó a mis labios el vaso que sostenía en la mano, y vertió su contenido sobre mi garganta. No recuerdo nada más. Al día siguiente me desperté en mi habitación, sin saber cómo había llegado hasta allí, desde el despacho del profesor. Alguien aporreaba mi puerta con insistencia, gritando al mismo tiempo mi nombre. Mi cabeza giraba como una peonza, mostrándome todos los ángulos de mi pobre habitáculo. Mi propia torpeza, al levantarme, me recordó al viejo. Alcancé a abrir la puerta, aún mareado y con las náuseas ascendiendo por mi esófago. Mi amigo James cayó sobre mí con toda su excitación.

     —¡Maldita sea, Eduard! ¿Qué demonios haces todavía en la cama? ¡Despierta!
     En el corredor de la residencia, mis compañeros iban de un lado hacia otro sin sentido. Se habían vuelto locos. Mi mente no terminaba de arrancar esa mañana. James me zarandeó. Parecía darse cuenta de mi estado.
     —¡Joder, Eduard! Date una ducha y espabílate. Esta mañana han encontrado muerto al profesor Stevenson en sus habitaciones. ¡Vamos! Date prisa. La policía está aquí. Quiere hablar con todos sus alumnos. Y contigo en especial. Parece que fuiste la última persona lo vio con vida.

     Sus palabras resonaron como un eco en mi cabeza. La última persona,... Medité una respuesta que no llegué a pronunciar. Sonreí, ante su cara de estupefacción.
     —¿Te alegras? ¿Qué demonios te pasa?
     Pero lo que me pasaba, no se lo podría explicar nunca a nadie. Se lo había prometido. Nunca lo 
repetiría, ante nadie.
     —¡Eduard!

     Cerré la puerta ante sus narices. El viejo había muerto, pero antes me había contado su secreto: vivir, escribir, morir. Y aprender a mirar. La experiencia había valido la pena. Sería un gran escritor.




     
     

     































     

lunes, 21 de julio de 2014

Diario de una mujer del siglo XX (3)

     Asunción se fue del pueblo con diecinueve años. No quería pasarse la vida como su hermana Águeda, restregando las ropas de las señoras y cociendo caldos y potajes. A su juicio, eso era mucho peor que trabajar en la huerta de su padre. No le hubiera importado, pero era mujer, y entre sus tareas no tenía asignada ninguna en la que formara parte compartir tiempo con aquel hombre tan distante. Cuando se marchó, aún le quedaba otro hermano, pero lo fusilaron. Su carta llegó casi un año después, desde la prisión de Madrid, pero nunca se la enseñó a nadie, mucho menos a su hermana, que ya tenía bastante castigo con no tener apellido. A Asunción, este hecho apenas le importaba, pero para Águeda, cualquier burla venida de boca de otro niño de la calle, se convertía en una herida que atizaba cada noche durante mucho tiempo, manteniéndola encendida como el carbón de la cocina de sus padres. Aún masticaba un rencor que no la dejaba vivir.

     Barcelona fue, para ella, una revelación. Salió del pueblo de estampida, huyendo de los cortejos de un imbécil que apenas sabía más que su nombre, y de la constante insistencia del párroco para que contrajera matrimonio lo antes posible. Su hermana Águeda se había casado con otro memo que malvendió las tierras de sus padres para hacerse ferroviario. Ahora ese también estaba enterrado, como el resto de su familia. Cuando recibió la noticia, supo que no le quedaba más remedio que volver, por mucho que lo lamentara. Águeda la necesitaba, y sus dos hijas, aún más.
      
    Llegó a la pensión a media tarde. Javier la estaba esperando en la puerta, dándole vueltas al ala de un sombrero que llevaba en la mano.
      —Me he enterado esta mañana. ¿Qué vas a hacer?
     Asunción bajó los ojos.
      —No irás a marcharte ahora, ¿verdad?
      —Eso no es asunto tuyo, ya te lo dije.

     Javier apretó el sombrero con más fuerza, hasta dejarlo inservible. Había conocido a Asunción en casa de su tía, donde ella pasó los primeros meses de estancia en Barcelona. Cuando se marchó a la pensión, Javier, que estudiaba magisterio, se fue con ella y alquiló un cuarto en el mismo edificio, con un catre y una mesita que le servía las veces de escritorio y de comedor. La atosigó tanto, que ella al final cedió. Desde entonces, pasaban juntos todo el tiempo libre del que disponían. Javier le enseñó a leer y a escribir, a escuchar historias que a ella le parecían increíbles y le provocaban risa por lo imposibles que sonaban. Ambos acabaron perdiendo la virginidad en aquel catre. Javier estaba loco por ella.
      —Claro que es asunto mío—protestó
     Asunción respiró hondo. No le quedaba más remedio, se repetía.
      —Me voy mañana. Ya tengo el billete.
     A Javier se le cayó el alma a los pies. 
      —Y haz el favor de dejarme en paz. En el pueblo ya tengo quien me espera, aparte de mi hermana. 

     Y fue él, el que en ese momento bajó los ojos, intentando disimular el temblor incontrolado de su barbilla. Contempló su ya inútil sombrero. Sin decir una palabra, se dio media vuelta y enfiló calle arriba.
     Asunción lo observó mientras se alejaba. Contó los pasos de su amante, acentuando cada dos tiempos, debido a la humilde y permanente cojera que Javier conservaba de nacimiento. Nunca vendería su libertad a otro hombre. Nunca permitiría que él renunciara a lo suyo. Nunca, amaría a otro, como lo quería a él.
     

     


     

miércoles, 16 de julio de 2014

Diario de una mujer del siglo XX (2)

     La habitación permanecía en penumbra. El olor a algodón de las sábanas se entrelazaba con el fuerte almizcle de la sangre recién parida. Águeda dejaba caer su brazo, inerte, sobre la cama. La matrona aún sostenía al bebé en su regazo, esperando una señal.
     —Sangre de mi sangre— rumiaba Águeda.
     Desde la puerta, la niña Inés contemplaba, con temor, a su nueva hermana.
     —¿Ha llegado ya Asunción?
     —Aún no— respondió la señora María—. El tío Andrés dio aviso esta mañana, pero, ya sabe usted lo que tardan esos malditos trenes, y más como están las cosas.
     Agueda chasqueó la lengua.
     —Haga el favor de no hablar de trenes, ¿quiere?
     Aquellas dos mujeres conocían bien el carácter de la parturienta. Ninguna de las dos se atrevió a contravenirla.
     Tres meses antes, su esposo subió al convoy de Aragón. Se había quedado entre Barracas y Rubielos, junto con los otros muertos. Águeda apretó aún más los labios. Más le hubiera valido trabajarse  la huerta, pero tenía que encontrar un puesto mejor, decía. La locomotora se salió de la vía y circuló por inercia unos metros sobre la tierra, deteniéndose en seco. Los vagones posteriores se precipitaron sobre ella, terminando todos terraplén abajo. Dijeron que habían sido los maquis, pero Águeda no terminaba de creérselo. Ellos siempre habían sido republicanos, como los de la guerrilla. ¿A qué santo iban a matar a tantos de los suyos? De eso hacía casi tres meses, y todas las noches desde entonces, Manuel venía a su cama como si estuviera vivo.

     La criatura vino de nalgas. El parto fue tan largo y doloroso, que Águeda ni siquiera quiso verla cuando la matrona acercó el bebé a su pecho.
     —Tendrás que amamantarla.
     Se mordió los labios, aún con pequeños latigazos en su vientre y la mirada perdida.
     —¿Está entera?
     —Mírala tú misma, mujer. Es igualita a tu difunto esposo.
     —Mayor motivo me das. Búscale un ama de cría. Yo tengo que trabajar. La otra niña tendrá también que comer.
     No había nada más que hacer. Las dos mujeres lo sabían. 
     —Pilarica, la de Solves, acaba de parir —anunció la matrona. Esa tendrá bastante leche para las dos.
     —Anda, y vete a llamarla.
     La señora María deslizó una peseta en su mano.
     —No hace falta que me lo de, María. No la querrá, siendo que es la hija de Águeda.
     —Igual tiene que no la quiera. Tú, dásela.
     Desde la puerta, Inés contemplaba la escena con los ojos muy abiertos. Acababa de cumplir cuatro años, y apenas tenía conciencia ni recuerdos. A su madre la veía poco, el tiempo que compartían en las comidas y las cenas. El resto, lo pasaba con las vecinas de la calle, aunque a veces su abuela venía a visitarla y le interrogaba sobre cosas que ella no sabía responder. De su padre,  podía recordar su olor a carbón y sus manos ásperas. Había dejado de preguntar por él, porque tenía miedo de los ojos de su madre. Cuando habló, las dos mujeres se sobresaltaron. Ninguna se había dado cuenta de su presencia.
     —¿Cuándo llega la tía, madre?
     Águeda se incorporó en el catre, maltrecha.
     —Hoy mismo, si ha tenido suerte de encontrar un sitio en el tren.
     —¿Y se va a quedar, madre?
     —¡Dios lo quiera!— respondió, sin pensar, la señora María.
     
     


     

     





     

jueves, 10 de julio de 2014

El sueño de la pasión produce monstruos.

     Nunca podía recordar su cara. Como un fantasma, Bruno Fuyet se deslizaba de mis recuerdos hasta convertirse en una mancha de tinta. Cuando me di cuenta, puse más empeño. Cerraba los ojos, en la cama, intentando emular cada uno de sus rasgos. Pero éstos se fundían como mantequilla, hasta hacerse líquidos, dentro de mis pensamientos. No me había pasado nunca, y yo mismo me propuse encontrar la razón de aquel misterio.
     Intenté, como buen pintor, no olvidar. Esa mañana me levanté con el firme propósito de hacer un retrato suyo. Coincidimos en la cocina, donde le observé primero con disimulo, luego con una avidez que le violentó. Él me conocía de sobra, así que se comportó pacientemente, para terminar por mostrarse desagradable. Supongo que tanto como yo.
     — Tú tienes un problema, pero vas a tener dos si no dejas de mirarme de esa manera.
     Su arrogancia me despertó de mi obsesión. Bajé los ojos inmediatamente, clavándolos en el suelo.
     —¿Te parezco un invertido?
     No supe que responder. Sus ojos me penetraron con una experiencia que me dejó helado e inmóvil, incómodo conmigo mismo. En aquel momento, lo único que se me ocurrió fue salir de la cocina, en dirección a mi habitación, que también era mi estudio. En un intento de supervivencia, aspiré hondo y llene mis pulmones del mismo aire que él respiraba. Aquella mañana, tampoco pude hacer su retrato. Había vuelto a olvidar su cara.
     Pasaron varios días en los que no salí de mi habitación. Oía sus pasos ligeros, que se detenían frente a mi puerta, al mismo tiempo que su habitual tarareo sin sentido.  Entonces, me tapaba los oídos con fuerza, como si con ello pudiera hacer desaparecer el rastro de su presencia. Pero  era en vano. Cada uno de sus pasos resonaba como un timbal en mi cabeza. También podía recordar cada nota de su canturreo sin sentido. Pero no podía recordar el color de sus ojos, la curvatura de sus labios, el ángulo de sus pómulos, o la deriva de su mentón. ¡Maldita sea! Yo era pintor.
     Aquella locura cesó una mañana, por casualidad. La ceguera de mis sentidos se destapó como una botella cuando salí a la calle, dispuesto a gastar mis últimos cinco Marcos en un lienzo nuevo. Contemplé el billete mientras sacudía de mi nariz todos los efluvios que impregnaban mi habitación y mis ropas. Nunca había sido consciente de mi olor a óleo como en aquel momento, en el que valoraba las opciones. Prefería mil veces pintar que comer. Me llevé el billete a la nariz, intentando tomar la decisión que sabía más prudente. Mejor comer que pintar, repetía.
     Me quedé plantado en la acera, como un imbécil, cuando reconocí, por primera vez en mucho tiempo, el olor del dinero. Y al mismo tiempo descubrí la razón de mi monstruo. Bruno Fuyet olía a dinero, a billetes de cinco Marcos. El dinero que yo no tenía.
     Y en aquel momento tomé la peor decisión de mi vida. Dejé de ser artista y me prostituí. Mis cuadros comenzaron a venderse, adquirí cierto nombre como pintor y, transcurridos más de cuarenta años, me he convertido en un hombre sobradamente rico. Ahora vivo, desde hace bastante tiempo, en Estados Unidos. Mi familia está consolidada, mis hijos son adultos, bien situados. Tengo una esposa elocuente y vivaz. Mis cuadros son motivo, en ocasiones, de polémica. Me lo puedo permitir.
     De mi juventud en Alemania tengo gratos y claros recuerdos, pero a veces, de noche, me despierto sudando, nadando en mi propia desesperación. Entonces abro el cajón de la mesita y saco un billete de cinco Marcos que aún conservo como recuerdo. Me lo llevo a las fosas nasales y aspiro con fuerza. Pero no sirve de nada. Sé de sobra que no es el mismo. Éste, ya no huele.
     Con aquel otro billete nunca llegué a comprar el lienzo. 
     Nunca he podido recordar la deriva de su mentón.