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miércoles, 18 de junio de 2014

Diario de una mujer del siglo XX


         Ella tenía buenos bríos. Agueda Santamaría cargó su cesto de ropa húmeda al brazo y emprendió a buen paso el camino de vuelta hacia la casa grande, donde había dejado a medias la olla de cardo, en previsión de que no tuviera bastante agua mientras lavaba las prendas más delicadas de su señora. Como siempre que acudía temprano al lavadero, las otras criadas aún no habían hecho acto de presencia, por lo que pudo restregar a sus anchas sin que aquellas memas le dieran la lata a cuenta del buen jabón que utilizaba. ¿Qué tenían esas que meter sus narices en su faena? Eran unas ofensivas, cotorras y deslenguadas mujeres, que escatimaban en las faenas a cuenta de malgastar el tiempo que sus señores bien les remuneraban.
          Se detuvo un momento a mirar la  cuesta empedrada que ascendía. Bajó los ojos al suelo al tiempo que respiraba hondo para coger fuerzas. Con un brazo sujetó la cesta. Con el otro, su pesada andorga a punto de reventar. Éste —caviló— tendrá un apellido de los buenos.
          Atacó la rocha con ganas, avistando desde abajo a la señora María, que cargaba la verdura en el carro, cara al mercado del jueves.
         Pero no dio tres pasos seguidos. No supo si fueron las piedras o el latigazo que prodigó su vientre. Sus rodillas se hincaron entre los guijarros manchándolos de sangre. Pero de eso apenas tuvo cuenta. No pudo evitar que la ropa, blanca como la cal, cayera al suelo. 
          —¡Seré marrana!
          La señora María gritó mientras corría cuesta abajo a socorrerla.
          —¡Miguelito!  ¡Anda y corre a llamar al tío Andrés, que la Aguedita se ha puesto de parto!
          —¡Déjese de tíos!, y ayúdeme a recoger esas ropas antes de que no tengan remedio.
          Y eso fue lo último que dijo Agueda, antes de que la criatura la obligara de nuevo a hincar sus rodillas en los guijarros de la cuesta.

lunes, 16 de junio de 2014

Un discurso

Cuando Raquel me pidió que hablara hoy para vosotros, me sorprendí. Más tarde, en casa, me sentí a
halagada. Hice memoria. Nunca había dicho nada de nada, en un acto en el Instituto.
Al día siguiente me puse a pensar. Quería hacerlo bien. ¿Qué era lo más apropiado para una intervención de este tipo? Indudablemente, los valores. El esfuerzo, el afán de superación, la importancia de estudiar para labrarse un futuro, conseguir metas,… etc
Ya casi tenía mi discurso elaborado, cuando a los pocos días, volví reflexionar sobre él. Me contemplé a mi misma, hablando a diario con mis hijos sobre la importancia de esforzarse  cada día, y pensé: "los padres de mis alumnos harán lo mismo que yo. ¿Y de qué voy a hablar, pues, si lo de los valores ya se lo saben de memoria?"
Así que tuve que borrar de mi mente todas esas ideas sobre valores que tenía pensado escribir, y comenzar de nuevo a preparar mi discurso.
No ha sido fácil encontrar una respuesta a mi pregunta, sobre todo porque buscaba lejos de mi misma. Cuando, al final, la he encontrado, me he sentido bastante tonta, porque el tema del que os voy a hablar estaba tan cerca de mí, que no lo había visto. Y, como  ya alguno imaginará, os voy a hablar de música, o más bien, de cómo empecé a estudiar música.

Tengo que explicar que provengo de una familia de músicos. Cuando cumplí más o menos 15 años, YO odiaba la música. La mayoría de mis hermanas practicaban algún instrumentosiempre había música en mi casa. Mi madre era pianista. Y mi padre, aunque no era músico, también daba la lata. El hombre, solía llegar tarde de trabajar y casi siempre se sentaba en un sillón a escuchar cualquier ópera que le apeteciera, antes de la cena.
          Yo odiaba esos momentos, porque de real orden, la televisión se apagaba. A veces podía verla, pero sin volumen. Bueno si, el volumen de una soprano ligerísima pegando gritos. Imaginad que llegáis a casa, con 15 años, y no podéis encender la tele, o a lo sumo, ver las imágenes sin las palabras que la acompañan,… Un, dos, tres, responda otra vez, sin escuchar las preguntas que hacían a los concursantes. ¡Una pesadilla! Lo dicho, yo, odiaba la música.

Una noche, mi hermana mayor se puso muy pesada y al final la acompañé a un concierto al que por supuesto, yo no quería ir. Pero, ¡ah!, cosas de vida,… me enamoré del violonchelista que lo dio. Cuando me acerqué a pedirle un autógrafo, mis manos temblaban y en mi estómago volaban no se que tipo de bichos. Era guapísimo.
         Y en mi lapsus hormonal de los 15 años, lo mejor que se me ocurrió hacer, para conocerle, fue matricularme en el conservatorio, y aprender también a tocar el chelo. Mi madre,… pensó que acabaría cansándome también de la música, como de todo lo que empezaba, que nunca acababa, y lo dejaría en poco tiempo. No me hizo mucho caso.
         Y la verdad, es que después de aquel concierto, no volví a ver al chelista, que además era extranjero, pero dormí durante dos años con la firma de aquel hombre bajo la almohada. Ahora, desde una perspectiva adulta, me doy cuenta de que no me enamoré del chelista, sino que realmente me enamoré de la música que tocaba.

          Al terminar mis estudios, encontré trabajo, y he tenido una trayectoria profesional, por suerte, vinculada al mundo musical.
          Enseñar es, en ocasiones, un aprendizaje difícil, pero os aseguro que no pasa un solo día sin que yo reciba un premio: premio, como las semicorcheas que vuelan por la clase. Premio, como el sol agudo de Sihame, o  el silencio, mágicoque ocurre cuando comienza una canción en el ordenador.
          Eso, y otras muchas cosas que no puedo enumerar aquí, hacen que cada día venga a trabajar con ilusión. Y, cada día, en el camino de regreso a casa, hago repaso mental de la jornada, y vuelvo a encontrar, siempre, algo de lo que sentirme orgullosa. Y ese “algo” ocurre, porque estáis vosotros.

          Hoy en día, cuando explico cuál es mi profesión, siempre me contestan de la misma manera:
 -¿Profesora de música? ¿De Secundaria?
         Yo, que no suelo responder inmediatamente, espero la siguiente pregunta, que casi siempre, es la misma:
          -¿Qué edades tienen tus alumnos?
Ahí, si que respondo, al mismo tiempo que observo, divertida, la cara de espanto que suelen poner todos.
          -¡Ufff! Adolescentes,… ¡Qué difícil!
        
        Las primeras veces que obtenía esta respuesta, me desvivía por explicar lo que acabo de deciros, acerca de los premiosPero ahora, sólo sonrío levemente, respondiendo:
         -Bueno,… no está mal.
         Después me miro las manos, e imagino que tengo dos cosas en ellas. En una está la música, y en la otra, vosotros. Y ambas cosas desprenden una luz que es dorada y brillante. Y cuando uno mis manos, se enciende una llama que alimenta mi corazón, y cierra el círculo de esta historia, en una curvatura perfecta, que empezó con un violonchelista al que nunca conocíEntonces, todo cobra sentido para mí.
Gracias.

Sedaví, 19 de Junio de 2013.
Discurso Entrega de Orlas 4 E.S.O.

domingo, 15 de junio de 2014

Un sueño, un texto.

     Después de dos años, encontraron los hatillos de los huesos tal y como nosotros los vimos por primera vez. Estaban en la pequeña habitación con techo bajo y luz artificial de la casa que nunca llegamos a ocupar. Nuestra visión se convirtió en un secreto no intencionado, ya que ni siquiera fuimos capaces de hablar de ello entre nosotros, por sí acaso la crueldad intrínseca de aquello que vimos, impregnaba nuestras almas de manera perpetua, por el resto de nuestras vidas.

     Aquella vieja mujer y su perro, habían vivido en el barrio de la Concepción desde que yo podía recordar. Su marido había muerto antes de que nosotros llegáramos. A tanto llegaba su reserva, que ni siquiera conocíamos su nombre. Cada día, la veía a la salida del Instituto. Me esperaba sentada en la puerta, como si aún viviera en el pueblo, tomando el sol del mediodía. Al principio me compraba Ducados, y me los daba al salir de clase. Luego, era yo la que la buscaba, por sí acaso había pasado por el estanco aquella mañana. Después de los cigarrillos, continuó regalándome un mechero dorado, una pitillera,... Cosas así, todas de su difunto marido.

     Al dejar el Instituto, me mudé de casa y de barrio, así que no volví a ver a esa mujer, ni viva ni muerta. Cual fue mi sorpresa cuando Miguel me dijo que había alquilado una. Una casa vieja, que habría que restaurar. La mujer que la ocupaba había muerto hacia poco, y la casa había quedado a disposición de los hijos y de los alquileres temporales. Y coincidió ser la misma casa de aquella señora que me compraba tabaco y me regalaba cosas de su difunto marido.

     Visité la vivienda una mañana de octubre. Por fin tenía la oportunidad de ver dónde había vivido mi proveedora de cigarrillos, durante mi adolescencia difícil. Era un lugar que había quedado vedado a mi natural curiosidad. Y me sorprendió que tras una puerta tan pequeña, hubiera una casa tan grande. Tenía tres alas, y la más habitable de ellas aún conservaba el colorido original de los suelos. Las ventanas eran de madera, y por ellas entraba el sol, iluminando por entero los pasillos. El aire pesaba, el polvo recubría el color de las baldosas. No obstante, aún aquello era remediable. En el centro de la misma, se abría un patio cubierto por la hiedra. Al final del pasillo, un segundo corredor conducía al ala más antigua, donde los muebles aún conservaban algunos rastros de su antigua nobleza.  Y había un tercer corredor, independiente de los anteriores, que llevaba a un patio pequeño de suelo negro y manchas de óxido  que luego resultaron ser de sangre. Allí justo, estaba la habitación pequeña de luz artificial.

     Los hatillos, blancos inmaculados, sellados con nudos primorosos, estaban dispuestos en hileras de diez, rigurosamente ordenados, sin ninguna referencia sobre su contenido. Cuando abrimos uno de ellos, encontramos los huesos de un niño, y luego más, otros de personas de diferentes edades.

     La mujer sin nombre, ataba a sus presas en un palo vertical, en medio del patio. Su perro se alimentaba de la carne humana, y ahora ambos estaban muertos.  Cerré los ojos con fuerza, para impedir que esa visión penetrara en mi mente consciente, pero no pude hacer nada para evitarlo. Con la puerta bien cerrada, ella se distraía en sus cosas, mientras escuchaba a lo lejos los gritos y llantos de sus víctimas, hasta que el corazón mismo les reventaba. Algunos morían desangrados, mientras que otros no podían soportar, horrorizados, el lento degustar de sus propios miembros por un perro que no levantaba tres palmos del suelo. Las manchas seguían en el suelo del patio. Los llantos de aquellos que eran sometidos al palo de las degustaciones, seguían contenidos en cada uno de los hatillos cerrados primorosamente, como si del almuerzo se tratara.

     Después de aquello, la lengua se nos quedó pegada al paladar durante más de un año, y fue por eso por lo que no pudimos hablar con nadie de aquel espectáculo. Cuando se nos despegó, se descubrió todo. Pero para entonces, tanto la mujer sin nombre como su perro, ya estaban muertos y enterrados.

     Y yo sigo aún viva.

viernes, 13 de junio de 2014

Vivir, escribir, morir.

        Como si fuera un espejo, veo las siluetas de la gente, reflejadas en el suelo de mármol. Son sus sombras, que circulan sinuosas por el amplio, tenue y entubado pasillo. Levanto la vista y siguen siendo sombras, ajenas entre ellas. Pero no ya para mí. Desde mi banco, donde espero sentada, contemplo sin esfuerzo lo que piensan, lo que sienten, lo que son. Son mis personajes, y están en mi poder.