Vivir, escribir, morir
Y aprender a mirar.
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viernes, 28 de febrero de 2025
sábado, 22 de febrero de 2025
martes, 9 de marzo de 2021
domingo, 9 de octubre de 2016
Un yo así de grande.
Probablemente no publique ahora esta entrada. Pero como le dije a mi hermana, no quiero olvidarme de la primera y principal finalidad con la que hice este blog. Es, en realidad, un cuaderno de bitácora, en el que escribir mis papeles —mis pensamientos— para no olvidarlos. Y este hecho de hoy me parece importante. Pero es tan reciente que prefiero mantenerlo privado durante algún tiempo. Ahora ese tiempo ha pasado. Ahí va,...
A mis queridos alumnos, les suelo decir con cierta periodicidad, que "tienen un yo, así de grande." Cada uno de ellos lo entiende a su manera, pero los que ya me conocen de años, lo comprenden a la perfección. Hoy, aprovechando que hablaba de intensidad de sonido, he sacado el tema a colación, haciendo una similitud entre el silencio ambiental y el emocional, de los cuales carecen. Ambos dos, considero, son esenciales para sobrevivir en el mundo y la sociedad que les espera, cuando acaben la secundaria. Pocos de ellos harán estudios superiores, ya que todo ese ruido les hace olvidar quienes quieren ser. Les hace creer que no serán capaces de conseguirlo. Y están convencidos, casi todos, de ello.
Hablo, por supuesto, de mis queridos mayores de tercero, a los que no voy a olvidar.
Uno de ellos, de los más ruidosos y confundidos, de los que hay que centrar en la tarea tocándole suavemente en el hombro, me ha sorprendido, a cuenta de mi discurso dogmático, con una pregunta:
—¿Quién de la clase tiene el yo más grande?
Yo me he quedado callada, reflexionando una respuesta políticamente correcta —ese término tan de moda hoy en día— a una pregunta tan comprometida. El resto de la clase también ha callado. Mi querido R, en su impaciencia, ha anticipado mi respuesta, elucubrando a cuál de todos iba yo a asignarle ese honor. Cuando se ha cansado de escucharse a sí mismo, amén de haber terminado con los/las posibles candidatos/as —pensamientos políticamente también correctos—, ha cerrado el pico. Se ha dado cuenta de que yo no había aún respondido.
—¿Quién tiene el yo más grande, eh?
Y mi respuesta, bien medida y políticamente correcta, ha sido:
—Yo.
Y ellos han mezclado una exhalación de alivio con algunas risas. Instantes después ha sonado el timbre. Se han levantado, hablando entre ellos, de cosas que nada tenían que ver con mi respuesta. Tic-Tac. Ha pasado el tiempo de la atención. Los he contemplado, mientras salían del aula.
Me he dado cuenta, con pesar, de que mi respuesta ha sido la acertada. Mi yo es el más grande de todos.
Como consuelo, me quedan las palabras de mi querida, siempre excitada y sonriente M.
—¡Macarenaaaaaa! —grita, como loca, un día cualquiera de la semana, puesto que coincidimos todos—. ¿Sabes lo que me dijo ayer mi madre?
Yo me encojo de hombros, abro un poco los ojos y pongo cara de "me no know nothing."
—¡Qué tengo un yo —continúa ella, abriendo sus brazos y su sonrisa quinceañera de par en par— así de grande!
Entonces me contagia su sonrisa, y la mía se amplía con satisfacción. Y en ese instante averiguo que no me estoy equivocando. Y que vale mucho, pero que mucho, la pena. Esta evaluación, M. las ha aprobado todas.
Bona nit.
A mis queridos alumnos, les suelo decir con cierta periodicidad, que "tienen un yo, así de grande." Cada uno de ellos lo entiende a su manera, pero los que ya me conocen de años, lo comprenden a la perfección. Hoy, aprovechando que hablaba de intensidad de sonido, he sacado el tema a colación, haciendo una similitud entre el silencio ambiental y el emocional, de los cuales carecen. Ambos dos, considero, son esenciales para sobrevivir en el mundo y la sociedad que les espera, cuando acaben la secundaria. Pocos de ellos harán estudios superiores, ya que todo ese ruido les hace olvidar quienes quieren ser. Les hace creer que no serán capaces de conseguirlo. Y están convencidos, casi todos, de ello.
Hablo, por supuesto, de mis queridos mayores de tercero, a los que no voy a olvidar.
Uno de ellos, de los más ruidosos y confundidos, de los que hay que centrar en la tarea tocándole suavemente en el hombro, me ha sorprendido, a cuenta de mi discurso dogmático, con una pregunta:
—¿Quién de la clase tiene el yo más grande?
Yo me he quedado callada, reflexionando una respuesta políticamente correcta —ese término tan de moda hoy en día— a una pregunta tan comprometida. El resto de la clase también ha callado. Mi querido R, en su impaciencia, ha anticipado mi respuesta, elucubrando a cuál de todos iba yo a asignarle ese honor. Cuando se ha cansado de escucharse a sí mismo, amén de haber terminado con los/las posibles candidatos/as —pensamientos políticamente también correctos—, ha cerrado el pico. Se ha dado cuenta de que yo no había aún respondido.
—¿Quién tiene el yo más grande, eh?
Y mi respuesta, bien medida y políticamente correcta, ha sido:
—Yo.
Y ellos han mezclado una exhalación de alivio con algunas risas. Instantes después ha sonado el timbre. Se han levantado, hablando entre ellos, de cosas que nada tenían que ver con mi respuesta. Tic-Tac. Ha pasado el tiempo de la atención. Los he contemplado, mientras salían del aula.
Me he dado cuenta, con pesar, de que mi respuesta ha sido la acertada. Mi yo es el más grande de todos.
Como consuelo, me quedan las palabras de mi querida, siempre excitada y sonriente M.
—¡Macarenaaaaaa! —grita, como loca, un día cualquiera de la semana, puesto que coincidimos todos—. ¿Sabes lo que me dijo ayer mi madre?
Yo me encojo de hombros, abro un poco los ojos y pongo cara de "me no know nothing."
—¡Qué tengo un yo —continúa ella, abriendo sus brazos y su sonrisa quinceañera de par en par— así de grande!
Entonces me contagia su sonrisa, y la mía se amplía con satisfacción. Y en ese instante averiguo que no me estoy equivocando. Y que vale mucho, pero que mucho, la pena. Esta evaluación, M. las ha aprobado todas.
Bona nit.
domingo, 10 de abril de 2016
Aprender a mirar: II
El profesor Stevenson se ensambló en mi memoria desde mis primeros recuerdos. La casa de Essex, en la cual pase los más saludables e imborrables veranos de mi infancia, aún debe conservar el penetrante olor a incienso que su colonia desprendía, hasta el punto de anticipar su llegada, algunos segundos antes de que su cuerpo —y su mente— descansaran sobre la alfombrilla que daba la bienvenida a los pocos visitantes que recibíamos. No tengo recuerdos de estiaje en los que ese hombre no aparezca, al menos hasta que cumplí los catorce. Nunca entendí por qué dejamos de ir a Essex. Pero ahora, habiendo tomado distancia de todo, creo comprenderlo. A veces, las palabras que no pronunciamos, o escribimos, nos salvan la vida. Así sucedió en mi casa. Mis padres, de mutuo acuerdo, sin palabras, decidieron no regresar a aquella magnífica casa de verano, y a aquella relación que terminó por entumecerles los huesos a ambos. El profesor Stevenson era un ladrón de amor —un parásito, vamos—, que robaba el tiempo, el bienestar, el equilibrio y la cordura, a nuestra familia. Yo, en mi niñez, únicamente veía al gran aventurero, al hombre que había pasado gran parte de su vida de un continente a otro, saltando de selva en selva, de peligro en peligro, y de mujer en mujer. Me lo imaginaba, fusil en mano, arremetiendo contra un enorme y solemne paquidermo. Siempre con el sobrero puesto, y sin despeinarse. Así lo veía, en las numerosas y grisáceas fotografías que empapelaban su pequeña casa cercana a la nuestra, en Essex. Había cazado todos los animales que pisaban la corteza de la tierra. O eso me parecía entonces. Luego de las fotos, estaban los libros, que forraban las estanterías al mismo ritmo que sus fotografías, las paredes. Muchos de aquellos libros, llevaban su nombre impreso en letras de oro, sobre el lomo de sus cubiertas azuladas o rojas. Entrar en su casa marrón ocre, era para mí como viajar en el tiempo, y en el espacio, a través de los dibujos exóticos y las páginas, bellísimas, que ilustraban sus historias y cuentos, acerca del mundo y su naturaleza. Me maravillaba el gigantesco cuerno del elefante, que vigilaba amenazante la puerta de entrada, depositado sobre el suelo sobre un pequeño pedestal de marfil. Siempre me contaba la misma historia, con las mismas palabras:
—Por culpa de ese cuerno, perdí un dedo de mi pie izquierdo. Justo es que ahora lo exhiba en mi casa, como si fuera mi criado.
Yo siempre me preguntaba si el profesor conservaría el resto de las partes de su cuerpo, o le faltaba alguna otra. Nunca me atreví a averiguarlo. Aquello suponía una pregunta directa, y desde pequeño, aprendí que siempre se enfadaba con esa clase de atropellos. Cuando sentía curiosidad por algún objeto en particular, de los miles que invadían sus muebles victorianos, solo tenía que mencionarlo. Entonces él decidía si esa curiosidad mía, era discreta o lasciva. Y según su baremo, hablaba o callaba. Así era Robert Stevenson.
Yo, Eduard Wordwood, con apenas seis años, tomé la decisión más preclara y acertada de mi vida. Quería ser escritor, como él. Quería viajar por todo el mundo, conocer los lugares más exóticos y fragantes que la madre tierra hubiera tenido a bien gestar, y reflejar mi experiencia sobre el papel, para que otros, pudieran cerrar los ojos por un instante y sentir lo que yo sintiera, hablará del lugar que hablara. Describiera lo que describiera. Quería ser como él. Quería ver mi nombre también impreso en los lomos de muchos libros. Quería ser famoso, y muy rico. Eso también. Quizá quisiera ser como el, y enamorarme de mi madre, y adorar a mi padre. Mas tarde, fui consciente de que, a los seis años, ya había conseguido mucho más de lo que el profesor tendría en toda su vida. Él quería ser yo, y yo quería ser él.
Pero, por aquel entonces, nada sabía yo de las pasiones y revueltas del alma. De lo único que entendía, o creía entender, era de grandes aventuras y misteriosos lugares que él, con consentimiento de mis padres, me mostraba. Pasé una infancia recogida, entre mis libros de primaria y mi imaginación desorbitada, alentada por aquella persona que en nada se parecía a mi padre, y que apenas rozaba las faldas crujientes de madre. Pero de nada de eso, era yo consciente. Cuando sobrevino mi adolescencia, confusa y apremiante, fui arrancado de cuajo de todo aquello. Mi perseverancia y ahínco dio su fruto, años más tarde cuando, por decisión propia y tomada muchos años antes sin que fuera consciente, me matriculé en la universidad de Cambridge donde el profesor, acinado desde que dejamos Essex, impartía clases de literatura comparada. Una eminencia, con habitaciones privadas y propias, las cuales no abandonaba bajo ningún pretexto, salvo las clases ordinarias que el decanato le exigía. Mi estancia en sus dependencias privadas, era una deferencia a los años de mi infancia que compartí con él. Era consciente de éste hecho.
Yo era un muchacho, en aquellos años, más que efervescente. Había pasado gran parte de mi vida, preparándome para ser el gran escritor que desde niño quise ser. Llegué a Cambridge con un montón de papeles en mi maleta, y la esperanza de un visto bueno. Pero aquellos papeles que colmaban mi orgullo y mi dignidad, volaron de su mesa al potente fuego que la chimenea emanaba, la primera tarde que el profesor tuvo la cortesía de recibirme.
—Es usted un estúpido y un soberbio, Eduard. ¿A qué ha venido aquí? No tengo necesidad de leer ni una sola de sus palabras. Todo lo que me ha traído, querido, es basura, pasto para el fuego. Usted se ha olvidado del principio básico. ¿Es que no recuerda nada de lo que le enseñé, siendo niño?
—Pero,... Si no se ha molestado en leer, profesor,...
Su mirada iracunda era suficiente respuesta.
—Aprenda a mirar, mi querido imbécil.
—Por culpa de ese cuerno, perdí un dedo de mi pie izquierdo. Justo es que ahora lo exhiba en mi casa, como si fuera mi criado.
Yo siempre me preguntaba si el profesor conservaría el resto de las partes de su cuerpo, o le faltaba alguna otra. Nunca me atreví a averiguarlo. Aquello suponía una pregunta directa, y desde pequeño, aprendí que siempre se enfadaba con esa clase de atropellos. Cuando sentía curiosidad por algún objeto en particular, de los miles que invadían sus muebles victorianos, solo tenía que mencionarlo. Entonces él decidía si esa curiosidad mía, era discreta o lasciva. Y según su baremo, hablaba o callaba. Así era Robert Stevenson.
Yo, Eduard Wordwood, con apenas seis años, tomé la decisión más preclara y acertada de mi vida. Quería ser escritor, como él. Quería viajar por todo el mundo, conocer los lugares más exóticos y fragantes que la madre tierra hubiera tenido a bien gestar, y reflejar mi experiencia sobre el papel, para que otros, pudieran cerrar los ojos por un instante y sentir lo que yo sintiera, hablará del lugar que hablara. Describiera lo que describiera. Quería ser como él. Quería ver mi nombre también impreso en los lomos de muchos libros. Quería ser famoso, y muy rico. Eso también. Quizá quisiera ser como el, y enamorarme de mi madre, y adorar a mi padre. Mas tarde, fui consciente de que, a los seis años, ya había conseguido mucho más de lo que el profesor tendría en toda su vida. Él quería ser yo, y yo quería ser él.
Pero, por aquel entonces, nada sabía yo de las pasiones y revueltas del alma. De lo único que entendía, o creía entender, era de grandes aventuras y misteriosos lugares que él, con consentimiento de mis padres, me mostraba. Pasé una infancia recogida, entre mis libros de primaria y mi imaginación desorbitada, alentada por aquella persona que en nada se parecía a mi padre, y que apenas rozaba las faldas crujientes de madre. Pero de nada de eso, era yo consciente. Cuando sobrevino mi adolescencia, confusa y apremiante, fui arrancado de cuajo de todo aquello. Mi perseverancia y ahínco dio su fruto, años más tarde cuando, por decisión propia y tomada muchos años antes sin que fuera consciente, me matriculé en la universidad de Cambridge donde el profesor, acinado desde que dejamos Essex, impartía clases de literatura comparada. Una eminencia, con habitaciones privadas y propias, las cuales no abandonaba bajo ningún pretexto, salvo las clases ordinarias que el decanato le exigía. Mi estancia en sus dependencias privadas, era una deferencia a los años de mi infancia que compartí con él. Era consciente de éste hecho.
Yo era un muchacho, en aquellos años, más que efervescente. Había pasado gran parte de mi vida, preparándome para ser el gran escritor que desde niño quise ser. Llegué a Cambridge con un montón de papeles en mi maleta, y la esperanza de un visto bueno. Pero aquellos papeles que colmaban mi orgullo y mi dignidad, volaron de su mesa al potente fuego que la chimenea emanaba, la primera tarde que el profesor tuvo la cortesía de recibirme.
—Es usted un estúpido y un soberbio, Eduard. ¿A qué ha venido aquí? No tengo necesidad de leer ni una sola de sus palabras. Todo lo que me ha traído, querido, es basura, pasto para el fuego. Usted se ha olvidado del principio básico. ¿Es que no recuerda nada de lo que le enseñé, siendo niño?
—Pero,... Si no se ha molestado en leer, profesor,...
Su mirada iracunda era suficiente respuesta.
—Aprenda a mirar, mi querido imbécil.
sábado, 2 de abril de 2016
Encuéntrame Volumen 2: Capítulo I
I
La mansión de Grunewald aparecía en
todas sus pesadillas. Alfredo se removía intranquilo, en la cama. Hacía tres
días que él y Mario habían estado en aquel habitáculo explorando, con sus
vertiginosas mentes, aquellos extraños cuadernillos. El efecto del narcótico —pensó—
aún debía estar circulando por entre sus neuronas. Aquellos valiosos y
anhelados volúmenes de la buhardilla de París, aparecían recurrentemente en sus
sueños. Deslizaba suavemente los dedos sobre sus cubiertas. Los manuscritos,
que entraban en contacto con el roce de su piel, se desintegraban en el aire
automáticamente, esfumándose ante sus ojos y provocando, en Alfredo, un
malestar que conjugaba desazón e impotencia. Nada podía saber de lo que
contenían. Cuando el quinto volumen, un incunable, la Biblia de Gutenberg,
íntegramente, se volatilizaba, un grito de desesperación le despertaba. Era su
propia garganta la que lo emitía y le sacaba de sus pesadillas, en un intento
de supervivencia mediocre. Alfredo sabía que volvería a soñar lo mismo la noche
siguiente, como la anterior. Ninguno de los tres ejemplares de la Staatsbibliothek
estaba completo. Aquel que acababa de hacer desaparecer, sí.
Mario estuvo algunos días más en
Schlachtensee. Anduvo muy ocupado yendo y viniendo del laboratorio, en busca de
respuestas. Alfredo se levantó de la cama y sonrió levemente, rememorando la
cara de sorpresa de Mario cuando le dio aquellos dos objetos. Recordó qué, en
el último momento, introdujo el vaso en su bolsillo. Pero no tenía ni idea de
cómo había llegado la jeringuilla al mismo lugar. La memoria jugaba con él.
Cuando oyó el giro de la llave, Alfredo adoptó la misma posición que su amigo,
sobre la mesa. Cuatro hombres los sujetaron y los llevaron al exterior de la
mansión de Grunewald. Pero no utilizaron la puerta principal. Alfredo percibió
como los transportaban en un ascensor hacia la planta más inferior de la
inaccesible vivienda, donde la luz era artificial. Tras recorrer varios
pasillos estrechos, salieron al exterior por una pequeña puerta diferente a la
principal, oculta a simple vista. Había alguna otra entrada, un acceso que
quizás no estuviera vigilado.
Alfredo
era consciente de que su amigo no escarbaría en su mente sin su consentimiento.
Pero aún así, se comportó de manera esquiva. Si Mario se enteraba de sus
pesadillas, se preocuparía por él, y ya parecía bastante preocupado cuando
llegó a Berlín. No quería sumarse a su lista, pero sobre todo, no quería que el
policía supiera nada de su descubrimiento.
Cuando
por fin se marchó, sintió cierto alivio.
—No
pareces el mismo desde que estuvimos en Grunewald —bromeó Mario—. ¿Me vas a
contar lo que te pasa, o tengo que averiguarlo por mí mismo?
Alfredo
se encogió de hombros.
—Tú
tampoco, querido amigo. Parece que la experiencia de los cuadernillos nos ha
impresionado bastante a los dos. Siempre hay alguna primera vez para todo,…
Mario se arregló un poco el pelo con
los dedos. Alfredo conocía esa señal. El policía estaba preocupado.
—Escucha,... Ten cuidado. No hagas
nada de lo que puedas arrepentirte.
Alfredo soltó una carcajada nerviosa.
—Creo que deberías preocuparte más por
otras cosas antes que por mí. ¿No ves que ya he cumplido la mayoría de edad?
Mario hizo una mueca. Alfredo
continuó, afable.
—A ver, colega. Nos acabamos de enterar
de que hay un execrable ser de no menos de setecientos años, comiendo muertos
por ahí sin ton ni son. ¿Y tú te preocupas por mi estado de salud? ¿En qué
estas pensando?
Mario refutó, molesto.
—Me parece que no me he explicado
bien, Alfredo. Sólo te digo que tengas cuidado. No me gusta Coleman, y no
quiero que te acerques a él, ni a su biblioteca. Es peligroso. ¿Me has
entendido?
—A la perfección, Mario. Tienes mi
palabra, si así te quedas más tranquilo. Pero —prosiguió— a mi tampoco me gusta
ese caso de los hatillos, ni el tal Miguel, ni la bruja de Lucía. ¿Te
mantendrás alejado de ellos?
Mario volvió a blasfemar.
—Sabes que no puedo hacer eso. Es
parte de mi trabajo.
—Las bibliotecas forman parte de mi
trabajo —replicó Alfredo—. Eso, tú también deberías comprenderlo.
—Esa biblioteca, no —respondió,
tácito.
—Ya veremos.
Alfredo no se alegró de que Mario se
marchara aquella mañana, pero agradeció desprenderse de la presión que ejercía
sobre él. En determinadas ocasiones, Mario podía ser demasiado protector. No le
contó nada de sus pesadillas, ni de los oscuros pasillos subterráneos de la
casa de Grunewald, donde el aroma de una magnífica biblioteca se había
introducido por su nariz hasta embadurnarle la garganta. Podía reconocerlo, y paladearlo,
aunque fuera la mayor de las torturas conocidas para un ser humano. Estaba
delante de una pieza de carne, podía verla y al mismo tiempo sentir como su
estómago se retorcía por el hambre, pero no podía comerla. Y ese deseo sería
cada vez más doloroso. Le llevaría hasta la locura.
Se quedó mirando el taxi de Mario,
mientras se alejaba calle arriba. Tenía la extraña sensación de que no volvería
a ver a su amigo en mucho tiempo. Se sentó en los escalones de la puerta de
entrada, molesto consigo mismo. Nunca había discutido con él, ni siquiera en
los momentos más duros de su vida, cuando Mario acabó su carrera universitaria
y decidió dedicarse a extorsionar a todo ser viviente que tuviera miserias
ocultas. Su amigo sacó provecho, ocultando su identidad, de todas las personas
que conocía y, cuando esto no fue suficiente, puso sus miras en empresarios,
políticos y altos cargos de diversa índole. Todo el que lo merecía, había
pagado a Mario por su silencio. Era un precio justo, según él, por los actos
malvados que a diario esas almas cometían contra la humanidad. Como resultado
de esa práctica, Mario acumuló, a lo largo de varios años, una gran fortuna,
que en parte invirtió o transformó en patrimonio, y en parte distribuyó por
entidades bancarias de países extranjeros.
Ni siquiera entonces Alfredo le dijo
lo que pensaba. Esperó pacientemente a que su amigo le diera la explicación que
ya sabía. Mario aún no había perdonado a aquel profesor que le castigó a causa
de sus extraordinarias capacidades mentales. Cuando el policía estuvo
preparado, un día, se sinceró. Como siempre, Alfredo estaba en el lugar
preciso, escuchando sin juzgar. Mario lo agradeció.
—Nuestro antiguo maestro ya está
muerto —expuso Alfredo, llanamente—. No puedes castigar a todo el mundo, ni esperar
que las personas cambien a costa tuya.
—Lo sé —explicó—pero puedo evitar que
vuelva a suceder.
—No —respondió su amigo—. No puedes.
Entonces Mario cambió. Abandonó su
extraña idea sobre la justicia y se matriculó en criminología. Ahora luchaba desde
otro bando. Alfredo tampoco estaba seguro de que esa fuera la decisión
apropiada.
El taxi se perdió de su vista
definitivamente. Alfredo se levantó de los escalones y entró en la casa. Hacía
frío. Antes de cerrar la puerta, observó la casa del médico unos instantes. Las
contraventanas aún permanecían cerradas. Mario le había contado que el doctor
Avend estaba en Grunewald, y que conocía a Coleman. Sintió un escalofrío. Por
lo que sabía de su vecino, trabajaba en el Hospital, pero ignoraba los aspectos
de su vida personal. Pero de John Coleman, si tenía algunas referencias.
El
americano llegó de Estados Unidos en 1954, instalándose en Berlín con apenas
veinte años. Durante algún tiempo vivió en un pequeño apartamento en el barrio
de Kreuzberg, para trasladarse, tras la construcción del Muro, a su actual residencia.
Alfredo tenía constancia de que Coleman había participado eficazmente en las
complicadas comunicaciones que se establecieron entre los habitantes de las dos
partes de la ciudad. Ese hombre había sido un activo importante sobre el que se
sustentaron las relaciones de las familias separadas. Se encargó de definir un
complicado laberinto subterráneo, mediante el que muchas familias pudieron
verse y abrazarse, en ocasiones. Del mismo modo, el laberinto abastecía de
alimento a los habitantes del maltrecho Berlín Oriental. Sólo existían dos
reglas. El silencio era la primera. Coleman nunca permitió que el secreto
trascendiera, aplicando la
Pena Capital en algunos casos. La segunda regla, prohibía la
huída. Nadie podía abandonar la parte oriental. Salvo casos excepcionales,
permitidos por Coleman. Se aplicaba el mismo castigo.
Tras
la caída del Muro, parte de estos túneles subterráneos fueron descubiertos, y
con ellos la certidumbre de que las dos vertientes de la ciudad se comunicaron,
en un continuo y discreto ir y venir de personas y mercancías, ignorado por las
autoridades de ambas partes, y del mundo en general. El nombre de John Coleman
salió a relucir en las primeras investigaciones periodísticas. Poco después,
como por arte de magia, dejó de relacionarse con los túneles secretos. Otro nombre
ocupó su lugar, asumiendo la nobleza de aquellos actos desinteresados. A lo
largo de aquellos años, John Coleman se hizo sumamente rico.
Alfredo
había llegado a esas conclusiones sin mucha dificultad. Berlín era una ciudad
plagada de secretos escritos, que podías encontrar donde menos lo esperabas.
Cuando alquiló aquella casa, se topó con varias cajas olvidadas en el siniestro
sótano. Contenían, entre otros objetos, unas pocas cartas personales del
antiguo dueño, dirigidas a su esposa. En ellas narraba, fragmentariamente, las
esporádicas visitas a Schlachtensee de aquel hombre, el aprovisionamiento de
víveres que su mujer, y otros, le procuraban, y la imposibilidad de quedarse
junto a su familia, en la casa del lago. Un tal Kollem, al que nadie conocía,
imponía las normas. Podían cruzar, por un precio módico, con discreción, pero
no podían quedarse.
Alfredo
rememoró la mañana en que encontró aquellas cartas, y cómo se hizo la luz en su
mente. Relacionó los artículos de prensa con las misivas casi al instante.
Coleman había impuesto sus normas durante aquella época.
No
sabía mucho más sobre él. Ahora, el norteamericano andaría sobre los ochenta
años. Lo único de lo que tenía certeza, era de su biblioteca. Estaba seguro de
que muy pocas personas eran conscientes del valioso contenido de la casa de
Grunewald, e incluso a él le sorprendía haberse enterado de ello. Ocurrió un
día, por casualidad. Husmeando entre los manuscritos de la Staatsbibliothek ,
encontró un catálogo de bibliotecas europeas, editado ese mismo año, que le
había pasado desapercibido. Se extrañó: primero, por haberlo pasado por alto.
Segundo, porque aquella biblioteca estaba en Berlín, al alcance de su mano.
Tercero, porque en la descripción de contenidos, figuraban las palabras “sin referencias.”
Ahora
recordaba aquel momento, en el que quedó atrapado por una curiosidad
desbordante. Desde ese día, no pensó en otra cosa que en visitar la casa de
Grunewald. A la mañana siguiente, de vuelta al trabajo, buscó de nuevo el
dichoso catálogo, pero no fue capaz de dar con él. Escrutó entre todos los
papeles y manuscritos que había utilizado al día anterior. Ni rastro. El
catálogo había desaparecido.
Alfredo
pidió cita para visitar la mansión de Coleman. Suponía que sus referencias le
bastarían para acceder sin problemas. Pero supuso demasiado. Durante varios
meses, recibió constantes negativas. Utilizó la técnica del disco rayado,
hasta que un buen día, la respuesta fue afirmativa.
Acudió
a Grunewald, consiguiendo una entrevista con el inaccesible John Coleman.
Mientras esperaba, en aquella blanca y deslumbrante sala, observó un manuscrito
que había sido abandonado, descuidadamente, sobre la mesa central. No pudo
evitarlo. Su mano, con vida propia, se depositó suavemente sobre su cubierta,
al mismo tiempo que en su mente resonaron las palabras de Dante: “Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate.”
Sin
previo aviso, otra mano le sujetó fuertemente el brazo, obligándole a retirar
la suya del manuscrito. Era una edición del Infierno
de la Comedia, fechada en 1307. Los
ojos del señor Coleman le observaban, irritados, mientras un mayordomo
extraordinariamente corpulento para sus funciones domésticas, le doblaba el
brazo sobre la espalda, uniendo la palma de la mano de Alfredo junto con su
nuca. Emitió un grito.
Coleman
se inclinó sobre Alfredo, hasta que éste sintió su respiración lenta sobre la
base del cuello. Estaba inmovilizado.
—Es
usted muy atrevido, señor Arboleda. ¿Quién le ha dado permiso para hurgar en
mis pertenencias?
Alfredo
no tuvo tiempo de responder. A un gesto del anciano, el mayordomo le empujó sin
deferencia, fuera de la sala, y de la casa. El bibliotecario se quedó plantado
frente a la puerta de la vivienda de Grunewald, perplejo. Frotándose
insistentemente el dolorido brazo. Acababa de tener la visita más corta de su
vida a una biblioteca. Chasqueó la lengua, enfadado.
En
su mente todavía danzaban las siniestras palabras del Infierno, de Dante: “Abandona
toda esperanza, si entras aquí.”
martes, 29 de marzo de 2016
Y si no fuera cierto,...
El viejo parece estar esperando una noticia que nunca llega. El cartero, que hacía cuarenta años de servicio en aquel pueblucho escondido entre las brozas del monte, volvió a revisar dentro de su valija, por si había dejado alguna olvidada. Pero la valija estaba vacía. Miguelin se balanceaba, impotente y nervioso, ante la parsimonia de aquel insulso cartero, al que todas las semanas, don Pascual enviaba a buscar.
—Ya te he dicho, mozuelo, que no hay carta alguna. Dígale a Don Pascual, que yo mismo la llevaré a su casa si se tercia.
—¡Si se lo he dicho, señor! Pero se empeña en que baje yo mismo. Creo que no confía mucho en usted.
El cartero arrugó su frente.
—Dígale entonces que se vaya a hacer puñetas.
Arrancó su moto sin decir media palabra más. Miguelín se quedó allí, plantado, observando, como cada viernes, el traqueteo persistente del motor de la vespa. ¡Cómo le hubiera gustado tener una de aquellas! Pero ni su peso —argumentaba su madre—, ni su falta de luces, según su padre, Don Pascual, le dotaban de aquello que debía tener un mozo para ir sobre ruedas. Harto de tanta bobada, hundió las manos en los bolsillos, hasta arroparse los testículos, y comenzó el camino de vuelta a casa.
La cuesta empinada y empedrada a más no poder, acabó por hacerle sudar como un cerdo. Maldijo a su padre por hacerle caminar hasta los confines del barranco, pueblo abajo. El calor del esfuerzo le iba descomponiendo, poco a poco, el cuerpo. Y de paso, la cabeza, de pura rabia. Con treinta y siete veranos, sin contar el que comenzaba en pocas semanas, Miguelin seguía atendiendo a familiares y habitantes de aquel lugar remoto, por su diminutivo. Tenía la nuez bien pronunciada, y bien negro también, el abundante vello que ocultaba el azulete de su piel. Hasta había ido con su tío Jacinto a visitar a doña Encarna, que le abrazó con sus turgentes pechos hasta ahogarle, entre tanta carne. Y, aunque aquello no le gustó demasiado, a la salida de la casa, celebró por todo lo alto, con su tío Jacinto, aquella visita. Borrachos como acabaron, no recordaba cómo había llegado a la cama, después de la juerga. Pero de lo que sí se acordaba a la perfección, era del juramento que salió de sus labios. Había catado una hembra —según su tío— de aquellas que ya no se hacían. Con diecisiete años, se prometió a sí mismo, que nunca más se acercaría a ninguna mujer, ni para bien, ni para mal. Si las mujeres, según su tío, eran todas peores que aquella,... Nunca volvería a permitir que ese olor se pegara a su cuerpo.
—Miguelín, bonico, ¿Vas para la casa?
—Si, señora Hortensia.
—Pues dile a tu madre que esta tarde le subiré el pedido.
—Ya te he dicho, mozuelo, que no hay carta alguna. Dígale a Don Pascual, que yo mismo la llevaré a su casa si se tercia.
—¡Si se lo he dicho, señor! Pero se empeña en que baje yo mismo. Creo que no confía mucho en usted.
El cartero arrugó su frente.
—Dígale entonces que se vaya a hacer puñetas.
Arrancó su moto sin decir media palabra más. Miguelín se quedó allí, plantado, observando, como cada viernes, el traqueteo persistente del motor de la vespa. ¡Cómo le hubiera gustado tener una de aquellas! Pero ni su peso —argumentaba su madre—, ni su falta de luces, según su padre, Don Pascual, le dotaban de aquello que debía tener un mozo para ir sobre ruedas. Harto de tanta bobada, hundió las manos en los bolsillos, hasta arroparse los testículos, y comenzó el camino de vuelta a casa.
La cuesta empinada y empedrada a más no poder, acabó por hacerle sudar como un cerdo. Maldijo a su padre por hacerle caminar hasta los confines del barranco, pueblo abajo. El calor del esfuerzo le iba descomponiendo, poco a poco, el cuerpo. Y de paso, la cabeza, de pura rabia. Con treinta y siete veranos, sin contar el que comenzaba en pocas semanas, Miguelin seguía atendiendo a familiares y habitantes de aquel lugar remoto, por su diminutivo. Tenía la nuez bien pronunciada, y bien negro también, el abundante vello que ocultaba el azulete de su piel. Hasta había ido con su tío Jacinto a visitar a doña Encarna, que le abrazó con sus turgentes pechos hasta ahogarle, entre tanta carne. Y, aunque aquello no le gustó demasiado, a la salida de la casa, celebró por todo lo alto, con su tío Jacinto, aquella visita. Borrachos como acabaron, no recordaba cómo había llegado a la cama, después de la juerga. Pero de lo que sí se acordaba a la perfección, era del juramento que salió de sus labios. Había catado una hembra —según su tío— de aquellas que ya no se hacían. Con diecisiete años, se prometió a sí mismo, que nunca más se acercaría a ninguna mujer, ni para bien, ni para mal. Si las mujeres, según su tío, eran todas peores que aquella,... Nunca volvería a permitir que ese olor se pegara a su cuerpo.
—Miguelín, bonico, ¿Vas para la casa?
—Si, señora Hortensia.
—Pues dile a tu madre que esta tarde le subiré el pedido.
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