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martes, 29 de marzo de 2016

Y si no fuera cierto,...

El viejo parece estar esperando una noticia que nunca llega. El cartero, que hacía cuarenta años de servicio en aquel pueblucho escondido entre las brozas del monte, volvió a revisar dentro de su valija, por si había dejado alguna olvidada. Pero la valija estaba vacía. Miguelin se balanceaba, impotente y nervioso, ante la parsimonia de aquel insulso cartero, al que todas las semanas, don Pascual enviaba a buscar.
          —Ya te he dicho, mozuelo, que no hay carta alguna. Dígale a Don Pascual, que yo mismo la llevaré a su casa si se tercia.
          —¡Si se lo he dicho, señor! Pero se empeña en que baje yo mismo. Creo que no confía mucho en usted.
         El cartero arrugó su frente.
         —Dígale entonces que se vaya a hacer puñetas.
         Arrancó su moto sin decir media palabra más. Miguelín se quedó allí, plantado, observando, como cada viernes, el traqueteo persistente del motor de la vespa. ¡Cómo le hubiera gustado tener una de aquellas! Pero ni su peso —argumentaba su madre—, ni su falta de luces, según su padre, Don Pascual, le dotaban de aquello que debía tener un mozo para ir sobre ruedas. Harto de tanta bobada, hundió las manos en los bolsillos, hasta arroparse los testículos, y comenzó el camino de vuelta a casa.
         La cuesta empinada y empedrada a más no poder, acabó por hacerle sudar como un cerdo. Maldijo a su padre por hacerle caminar hasta los confines del barranco, pueblo abajo. El calor del esfuerzo le iba descomponiendo, poco a poco, el cuerpo. Y de paso, la cabeza, de pura rabia. Con treinta y siete veranos, sin contar el que comenzaba en pocas semanas, Miguelin seguía atendiendo a familiares y habitantes de aquel lugar remoto, por su diminutivo. Tenía la nuez bien pronunciada, y bien negro también, el abundante vello que ocultaba el azulete de su piel. Hasta había ido con su tío Jacinto a visitar a doña Encarna, que le abrazó con sus turgentes pechos hasta ahogarle, entre tanta carne. Y, aunque aquello no le gustó demasiado, a la salida de la casa, celebró por todo lo alto, con su tío Jacinto, aquella visita. Borrachos como acabaron, no recordaba cómo había llegado a la cama, después de la juerga. Pero de lo que sí se acordaba a la perfección, era  del juramento que salió de sus labios. Había catado una hembra —según su tío— de aquellas que ya no se hacían. Con diecisiete años, se prometió a sí mismo, que nunca más se acercaría a ninguna mujer, ni para bien, ni para mal. Si las mujeres, según su tío,  eran todas peores que aquella,... Nunca volvería a permitir que ese olor se pegara a su cuerpo.
          —Miguelín, bonico, ¿Vas para la casa?
          —Si, señora Hortensia.
          —Pues dile a tu madre que esta tarde le subiré el pedido.
       
       

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