Probablemente no publique ahora esta entrada. Pero como le dije a mi hermana, no quiero olvidarme de la primera y principal finalidad con la que hice este blog. Es, en realidad, un cuaderno de bitácora, en el que escribir mis papeles —mis pensamientos— para no olvidarlos. Y este hecho de hoy me parece importante. Pero es tan reciente que prefiero mantenerlo privado durante algún tiempo. Ahora ese tiempo ha pasado. Ahí va,...
A mis queridos alumnos, les suelo decir con cierta periodicidad, que "tienen un yo, así de grande." Cada uno de ellos lo entiende a su manera, pero los que ya me conocen de años, lo comprenden a la perfección. Hoy, aprovechando que hablaba de intensidad de sonido, he sacado el tema a colación, haciendo una similitud entre el silencio ambiental y el emocional, de los cuales carecen. Ambos dos, considero, son esenciales para sobrevivir en el mundo y la sociedad que les espera, cuando acaben la secundaria. Pocos de ellos harán estudios superiores, ya que todo ese ruido les hace olvidar quienes quieren ser. Les hace creer que no serán capaces de conseguirlo. Y están convencidos, casi todos, de ello.
Hablo, por supuesto, de mis queridos mayores de tercero, a los que no voy a olvidar.
Uno de ellos, de los más ruidosos y confundidos, de los que hay que centrar en la tarea tocándole suavemente en el hombro, me ha sorprendido, a cuenta de mi discurso dogmático, con una pregunta:
—¿Quién de la clase tiene el yo más grande?
Yo me he quedado callada, reflexionando una respuesta políticamente correcta —ese término tan de moda hoy en día— a una pregunta tan comprometida. El resto de la clase también ha callado. Mi querido R, en su impaciencia, ha anticipado mi respuesta, elucubrando a cuál de todos iba yo a asignarle ese honor. Cuando se ha cansado de escucharse a sí mismo, amén de haber terminado con los/las posibles candidatos/as —pensamientos políticamente también correctos—, ha cerrado el pico. Se ha dado cuenta de que yo no había aún respondido.
—¿Quién tiene el yo más grande, eh?
Y mi respuesta, bien medida y políticamente correcta, ha sido:
—Yo.
Y ellos han mezclado una exhalación de alivio con algunas risas. Instantes después ha sonado el timbre. Se han levantado, hablando entre ellos, de cosas que nada tenían que ver con mi respuesta. Tic-Tac. Ha pasado el tiempo de la atención. Los he contemplado, mientras salían del aula.
Me he dado cuenta, con pesar, de que mi respuesta ha sido la acertada. Mi yo es el más grande de todos.
Como consuelo, me quedan las palabras de mi querida, siempre excitada y sonriente M.
—¡Macarenaaaaaa! —grita, como loca, un día cualquiera de la semana, puesto que coincidimos todos—. ¿Sabes lo que me dijo ayer mi madre?
Yo me encojo de hombros, abro un poco los ojos y pongo cara de "me no know nothing."
—¡Qué tengo un yo —continúa ella, abriendo sus brazos y su sonrisa quinceañera de par en par— así de grande!
Entonces me contagia su sonrisa, y la mía se amplía con satisfacción. Y en ese instante averiguo que no me estoy equivocando. Y que vale mucho, pero que mucho, la pena. Esta evaluación, M. las ha aprobado todas.
Bona nit.
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