Ella tenía buenos bríos. Agueda Santamaría cargó su cesto de ropa húmeda al brazo y emprendió a buen paso el camino de vuelta hacia la casa grande, donde había dejado a medias la olla de cardo, en previsión de que no tuviera bastante agua mientras lavaba las prendas más delicadas de su señora. Como siempre que acudía temprano al lavadero, las otras criadas aún no habían hecho acto de presencia, por lo que pudo restregar a sus anchas sin que aquellas memas le dieran la lata a cuenta del buen jabón que utilizaba. ¿Qué tenían esas que meter sus narices en su faena? Eran unas ofensivas, cotorras y deslenguadas mujeres, que escatimaban en las faenas a cuenta de malgastar el tiempo que sus señores bien les remuneraban.
Se detuvo un momento a mirar la cuesta empedrada que ascendía. Bajó los ojos al suelo al tiempo que respiraba hondo para coger fuerzas. Con un brazo sujetó la cesta. Con el otro, su pesada andorga a punto de reventar. Éste —caviló— tendrá un apellido de los buenos.
Atacó la rocha con ganas, avistando desde abajo a la señora María, que cargaba la verdura en el carro, cara al mercado del jueves.
Pero no dio tres pasos seguidos. No supo si fueron las piedras o el latigazo que prodigó su vientre. Sus rodillas se hincaron entre los guijarros manchándolos de sangre. Pero de eso apenas tuvo cuenta. No pudo evitar que la ropa, blanca como la cal, cayera al suelo.
—¡Seré marrana!
La señora María gritó mientras corría cuesta abajo a socorrerla.
—¡Miguelito! ¡Anda y corre a llamar al tío Andrés, que la Aguedita se ha puesto de parto!
—¡Déjese de tíos!, y ayúdeme a recoger esas ropas antes de que no tengan remedio.
Y eso fue lo último que dijo Agueda, antes de que la criatura la obligara de nuevo a hincar sus rodillas en los guijarros de la cuesta.
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