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lunes, 16 de junio de 2014

Un discurso

Cuando Raquel me pidió que hablara hoy para vosotros, me sorprendí. Más tarde, en casa, me sentí a
halagada. Hice memoria. Nunca había dicho nada de nada, en un acto en el Instituto.
Al día siguiente me puse a pensar. Quería hacerlo bien. ¿Qué era lo más apropiado para una intervención de este tipo? Indudablemente, los valores. El esfuerzo, el afán de superación, la importancia de estudiar para labrarse un futuro, conseguir metas,… etc
Ya casi tenía mi discurso elaborado, cuando a los pocos días, volví reflexionar sobre él. Me contemplé a mi misma, hablando a diario con mis hijos sobre la importancia de esforzarse  cada día, y pensé: "los padres de mis alumnos harán lo mismo que yo. ¿Y de qué voy a hablar, pues, si lo de los valores ya se lo saben de memoria?"
Así que tuve que borrar de mi mente todas esas ideas sobre valores que tenía pensado escribir, y comenzar de nuevo a preparar mi discurso.
No ha sido fácil encontrar una respuesta a mi pregunta, sobre todo porque buscaba lejos de mi misma. Cuando, al final, la he encontrado, me he sentido bastante tonta, porque el tema del que os voy a hablar estaba tan cerca de mí, que no lo había visto. Y, como  ya alguno imaginará, os voy a hablar de música, o más bien, de cómo empecé a estudiar música.

Tengo que explicar que provengo de una familia de músicos. Cuando cumplí más o menos 15 años, YO odiaba la música. La mayoría de mis hermanas practicaban algún instrumentosiempre había música en mi casa. Mi madre era pianista. Y mi padre, aunque no era músico, también daba la lata. El hombre, solía llegar tarde de trabajar y casi siempre se sentaba en un sillón a escuchar cualquier ópera que le apeteciera, antes de la cena.
          Yo odiaba esos momentos, porque de real orden, la televisión se apagaba. A veces podía verla, pero sin volumen. Bueno si, el volumen de una soprano ligerísima pegando gritos. Imaginad que llegáis a casa, con 15 años, y no podéis encender la tele, o a lo sumo, ver las imágenes sin las palabras que la acompañan,… Un, dos, tres, responda otra vez, sin escuchar las preguntas que hacían a los concursantes. ¡Una pesadilla! Lo dicho, yo, odiaba la música.

Una noche, mi hermana mayor se puso muy pesada y al final la acompañé a un concierto al que por supuesto, yo no quería ir. Pero, ¡ah!, cosas de vida,… me enamoré del violonchelista que lo dio. Cuando me acerqué a pedirle un autógrafo, mis manos temblaban y en mi estómago volaban no se que tipo de bichos. Era guapísimo.
         Y en mi lapsus hormonal de los 15 años, lo mejor que se me ocurrió hacer, para conocerle, fue matricularme en el conservatorio, y aprender también a tocar el chelo. Mi madre,… pensó que acabaría cansándome también de la música, como de todo lo que empezaba, que nunca acababa, y lo dejaría en poco tiempo. No me hizo mucho caso.
         Y la verdad, es que después de aquel concierto, no volví a ver al chelista, que además era extranjero, pero dormí durante dos años con la firma de aquel hombre bajo la almohada. Ahora, desde una perspectiva adulta, me doy cuenta de que no me enamoré del chelista, sino que realmente me enamoré de la música que tocaba.

          Al terminar mis estudios, encontré trabajo, y he tenido una trayectoria profesional, por suerte, vinculada al mundo musical.
          Enseñar es, en ocasiones, un aprendizaje difícil, pero os aseguro que no pasa un solo día sin que yo reciba un premio: premio, como las semicorcheas que vuelan por la clase. Premio, como el sol agudo de Sihame, o  el silencio, mágicoque ocurre cuando comienza una canción en el ordenador.
          Eso, y otras muchas cosas que no puedo enumerar aquí, hacen que cada día venga a trabajar con ilusión. Y, cada día, en el camino de regreso a casa, hago repaso mental de la jornada, y vuelvo a encontrar, siempre, algo de lo que sentirme orgullosa. Y ese “algo” ocurre, porque estáis vosotros.

          Hoy en día, cuando explico cuál es mi profesión, siempre me contestan de la misma manera:
 -¿Profesora de música? ¿De Secundaria?
         Yo, que no suelo responder inmediatamente, espero la siguiente pregunta, que casi siempre, es la misma:
          -¿Qué edades tienen tus alumnos?
Ahí, si que respondo, al mismo tiempo que observo, divertida, la cara de espanto que suelen poner todos.
          -¡Ufff! Adolescentes,… ¡Qué difícil!
        
        Las primeras veces que obtenía esta respuesta, me desvivía por explicar lo que acabo de deciros, acerca de los premiosPero ahora, sólo sonrío levemente, respondiendo:
         -Bueno,… no está mal.
         Después me miro las manos, e imagino que tengo dos cosas en ellas. En una está la música, y en la otra, vosotros. Y ambas cosas desprenden una luz que es dorada y brillante. Y cuando uno mis manos, se enciende una llama que alimenta mi corazón, y cierra el círculo de esta historia, en una curvatura perfecta, que empezó con un violonchelista al que nunca conocíEntonces, todo cobra sentido para mí.
Gracias.

Sedaví, 19 de Junio de 2013.
Discurso Entrega de Orlas 4 E.S.O.

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