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domingo, 15 de junio de 2014

Un sueño, un texto.

     Después de dos años, encontraron los hatillos de los huesos tal y como nosotros los vimos por primera vez. Estaban en la pequeña habitación con techo bajo y luz artificial de la casa que nunca llegamos a ocupar. Nuestra visión se convirtió en un secreto no intencionado, ya que ni siquiera fuimos capaces de hablar de ello entre nosotros, por sí acaso la crueldad intrínseca de aquello que vimos, impregnaba nuestras almas de manera perpetua, por el resto de nuestras vidas.

     Aquella vieja mujer y su perro, habían vivido en el barrio de la Concepción desde que yo podía recordar. Su marido había muerto antes de que nosotros llegáramos. A tanto llegaba su reserva, que ni siquiera conocíamos su nombre. Cada día, la veía a la salida del Instituto. Me esperaba sentada en la puerta, como si aún viviera en el pueblo, tomando el sol del mediodía. Al principio me compraba Ducados, y me los daba al salir de clase. Luego, era yo la que la buscaba, por sí acaso había pasado por el estanco aquella mañana. Después de los cigarrillos, continuó regalándome un mechero dorado, una pitillera,... Cosas así, todas de su difunto marido.

     Al dejar el Instituto, me mudé de casa y de barrio, así que no volví a ver a esa mujer, ni viva ni muerta. Cual fue mi sorpresa cuando Miguel me dijo que había alquilado una. Una casa vieja, que habría que restaurar. La mujer que la ocupaba había muerto hacia poco, y la casa había quedado a disposición de los hijos y de los alquileres temporales. Y coincidió ser la misma casa de aquella señora que me compraba tabaco y me regalaba cosas de su difunto marido.

     Visité la vivienda una mañana de octubre. Por fin tenía la oportunidad de ver dónde había vivido mi proveedora de cigarrillos, durante mi adolescencia difícil. Era un lugar que había quedado vedado a mi natural curiosidad. Y me sorprendió que tras una puerta tan pequeña, hubiera una casa tan grande. Tenía tres alas, y la más habitable de ellas aún conservaba el colorido original de los suelos. Las ventanas eran de madera, y por ellas entraba el sol, iluminando por entero los pasillos. El aire pesaba, el polvo recubría el color de las baldosas. No obstante, aún aquello era remediable. En el centro de la misma, se abría un patio cubierto por la hiedra. Al final del pasillo, un segundo corredor conducía al ala más antigua, donde los muebles aún conservaban algunos rastros de su antigua nobleza.  Y había un tercer corredor, independiente de los anteriores, que llevaba a un patio pequeño de suelo negro y manchas de óxido  que luego resultaron ser de sangre. Allí justo, estaba la habitación pequeña de luz artificial.

     Los hatillos, blancos inmaculados, sellados con nudos primorosos, estaban dispuestos en hileras de diez, rigurosamente ordenados, sin ninguna referencia sobre su contenido. Cuando abrimos uno de ellos, encontramos los huesos de un niño, y luego más, otros de personas de diferentes edades.

     La mujer sin nombre, ataba a sus presas en un palo vertical, en medio del patio. Su perro se alimentaba de la carne humana, y ahora ambos estaban muertos.  Cerré los ojos con fuerza, para impedir que esa visión penetrara en mi mente consciente, pero no pude hacer nada para evitarlo. Con la puerta bien cerrada, ella se distraía en sus cosas, mientras escuchaba a lo lejos los gritos y llantos de sus víctimas, hasta que el corazón mismo les reventaba. Algunos morían desangrados, mientras que otros no podían soportar, horrorizados, el lento degustar de sus propios miembros por un perro que no levantaba tres palmos del suelo. Las manchas seguían en el suelo del patio. Los llantos de aquellos que eran sometidos al palo de las degustaciones, seguían contenidos en cada uno de los hatillos cerrados primorosamente, como si del almuerzo se tratara.

     Después de aquello, la lengua se nos quedó pegada al paladar durante más de un año, y fue por eso por lo que no pudimos hablar con nadie de aquel espectáculo. Cuando se nos despegó, se descubrió todo. Pero para entonces, tanto la mujer sin nombre como su perro, ya estaban muertos y enterrados.

     Y yo sigo aún viva.

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