Asunción llevaba una maleta pequeña de cartón con sus pertenencias. Doña Encarna, grávida y solemne, caminaba con dificultad, de su brazo, por la Estación de Francia. Apenas parecían darse cuenta del bullicio reinante. Ambas mujeres conversaban serenamente, ajenas al entorno, como si no hubiera nada ni nadie alrededor.
—¿Estás segura?
—Si, tía. Lo estoy.—Siempre podrás volver a mi casa. Te vamos a echar de menos.
Asunción apenas escuchaba a Doña Encarna. Paseaba su mirada de un lado a otro de la estación, como esperando una aparición que no llegaba.
—No ha venido. Deja de buscarlo— aclaró su tía.
—No ha venido— repitió ella.
Caminaron algunos pasos, hasta llegar al andén donde, con parsimonia, la máquina ronroneaba, esperando su hora.
—Ayer tarde acudió a casa. Está que no es él, niña. ¿Qué le has dicho?
Asunción no respondió inmediatamente. Dejó la maleta en el suelo y se alisó la falda que le cubría las rodillas. Doña Encarna le corrigió con mimo el pequeño sombrero que ocultaba parte de su cabello.
—Se le pasará, tía. Siempre ocurre lo mismo. El tiempo cura las heridas.
Doña Encarna endureció sus labios.
—No, niña. Hay heridas que nunca llegan a desaparecer. Parece que sí, pero cuanto más vieja se hace una, más se lamenta de las cosas que se dejó a medias.
—Si no me fuera, tía, la conciencia me remordería toda la vida.
—Morirás con la conciencia tranquila, eso sí. Pero nada más, y conforme pasen los años, más te pesará. Dile que se vaya contigo, no lo dejes pasar. Cásate y ten una vida plena.
—¿Y convertirlo en maestro de pueblo, tía? Eso, contando, con que acabe los estudios. Déjelo estar, tía. Javier no es un hombre para esos terrenos.
Doña Encarna sonrió, consciente de que por mucho que le hablara, aquella niña había nacido terca y así seguiría el resto de su vida. Nadie aprende por boca ajena. Aún así, insistió por última vez.
—¿Por qué no se lo preguntas a él?
Asunción miró al suelo, donde todavía descansaba su maleta.
—Tendrá razón, tía, pero ya lo he decidido. No hablemos más de ello.
El potente silbido de la locomotora asustó a las dos mujeres. Asunción abrazó a su tía apresuradamente y recogió su equipaje del suelo. Doña Encarna no la perdió de vista hasta que subió al vagón. Echaría de menos a la niña. ¡Quién se lo iba a decir! Después de tantos años de soledad, en Barcelona, aquella muchacha había ocupado sus tardes regalándole una complicidad y un sentimiento maternal nuevo para ella. Se había convertido en la hija que nunca había tenido. Jugeteó con su collar de perlas australianas, regalo de su adinerado y difunto esposo.
—¡Niña, espera!
Asunción se dio media vuelta, mientras veía correr a su tía hacia la puerta del vagón.
—¡Tía! No corra de esa manera —espetó—, que le va a dar algo.
Cuando, por última vez, las dos mujeres se miraron, Asunción pudo ver que los ojos de su tía brillaban.
—Te llevas mi corazón, niña. Es justo que me hagas un favor, a cambio.
Doña Encarna deslizó el collar en su mano.
—¡Tía,no!
—Guárdamelo, ese favor te pido. Tendrás que volver cuando te lo reclame.
El silbido de la locomotora invadió de nuevo el andén. Asunción subió, y se hizo consciente del estruendo que las había acompañado durante su despedida. No pudo escuchar las últimas palabras de su tía. El tren comenzó a rodar con lentitud, alejándola de su vida y de su libertad. Desde la puerta, volvió a buscarle. A cierta distancia, le pareció que un hombre daba vueltas al ala de su sombrero. Su corazón reventó en ese momento, y comenzó a llorar.
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