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martes, 22 de julio de 2014

Aprender a mirar

     Yo soy. Yo pienso. Yo digo. Yo tengo. Yo espero. Yo siento. Mientras tanto, los días pasan dentro de un cuentagotas de cristal, inyectando en mi antebrazo cada uno de mis pensamientos y sentimientos, como si fueran heroína. Y cada uno se amplifica como un órgano dentro de una catedral. Mi cuerpo es esa catedral que hace resonar ese compendio, hasta magnificarlo como si fuera lo último y supremo en el quehacer de cada día. Todos ellos, en concordancia perfecta, construyen sin yo saberlo un requiem que reza mi muerte, mucho antes de que yo haya muerto.
     —No le entiendo, profesor. Hable más alto.
     —No hay nada que entender. Yo soy, yo espero, yo siento. Y cada día en torno a mí es un día que pierdo. Y tú, ¿realmente quieres ser escritor?
     —Claro, profesor. Es lo que más deseo en el mundo.
     —¿Usted?
     No entiendo. ¿Está hablando conmigo?

     Mi profesor, bastón en mano, caminó unos pasos, hasta llegar a la ventana de su despacho. Desde allí, podía acechar la gran explanada que rodeaba el edificio de la Universidad, y que yo tantas veces había recorrido en su compañía.
     —Usted es una cortesía. Una palabra que emana respeto por sí misma. Hasta un tonto lo entendería. Pero esa no es la cuestión. Su problema es otro. Se lo acabo de explicar. ¿Es que no ha entendido nada de lo que le he dicho?
     —No, profesor. No entiendo nada de lo que me está diciendo.

     El hombre, al que no volvería a ver vivo, lanzó sobre mí su bastón, con una falta de destreza que me dio la oportunidad de esquivarlo a tiempo. Derrotado, se dejó caer sobre el sillón que cada día acercaba a la ventana. Allí, solía pasar las horas mirando el campus, en silencio, observando. Yo me mantuve a cierta distancia, evaluando la posibilidad de que me lanzara otro objeto que se encontrara próximo a su mano. Cuando ya pensaba que se había dormido, su voz me trajo de nuevo a la habitación. Retumbó en mis oídos como si saliera de un inframundo oscuro y doloroso. Mi piel se erizó cuando sentí su caricia helada.
     —Le contaré un secreto que le facilitará el camino como escritor, pero nunca debe repetirlo.
     Asentí suavemente con mis párpados. No sé si  llegó a percibirlo. Tenía miedo que de mis propias palabras rompieran el hechizo en el que ambos estábamos sumergidos.Tenía miedo de que enmudeciera de nuevo. Nunca, entonces, llegaría a saber la razón de su éxito.
     —¿Le apetece un poco de vino? Tenga la amabilidad de servirme una copa. Otra para usted, por supuesto.
     ¿Vino? Lo que me urgía es que se dejara de tonterías y hablara de una vez claro. Pero mis acciones no obedecieron a mi pensamiento. Serví su copa y, a disgusto, la mía.
     —Usted, realmente no tiene solución. Nunca llegará a ser un gran escritor. ¿Sabe por qué? Su propia cabeza se lo impide. Sus sentimientos gobiernan sus pensamientos, y éstos últimos, sus actos. ¿Le parece sencillo? 
     Mi expresión, como siempre, le dio la respuesta.
     Se lo explicaré de otra manera, si le parece. La diferencia entre usted y yo, cuando escribimos, no radica en la calidad del texto.Usted utiliza las palabras tanto mejor que yo. Su lenguaje es exquisito. Una lástima, cuando sólo se esgrime para hablar de uno mismo. Pero escribir buena narrativa no consiste en eso. Debe ir más allá. Debe aprender a mirar. Dígame, ¿qué ve en la explanada?
     Me acerqué a la ventana con prudencia. Desde allí, dominaba de un vistazo el ir y venir de los estudiantes por el campus, en un trasiego que era el común a las doce del mediodía. Nada que llamara especialmente mi atención.
     —El campus— respondí agriamente—. Con los estudiantes de todos los día. Mis compañeros.

     La copa de vino se quebró entre sus dedos sin apenas hacer ruido. Su puño se cerró sobre ella como un cascanueces sobre el fruto. Su rostro apenas cambió de expresión.
     —Escuche, amigo mío. Imagine que su copa, y la mía, ambas, contienen una sustancia inolora, incolora, e insípida, pero letal. Imagine que ésta será la última vez que mirará a través de esa ventana, porque el efecto del veneno que ahora circula por su sangre, no tardará en paralizar sus músculos, y ascenderá por su médula espinal hasta invadir cada una de sus neuronas. Primero, dejará de sentir. Automáticamente, sus pensamientos serán independientes de sus sentimientos, pero sólo durante unos momentos. Aproveche ese instante y hábleme. ¿Qué es lo que ve ahora?
     El sudor que afloró de cada uno de mis poros se sedimentó al contacto de la piel helada, formando una película de escarcha que aumentó mi sensación de frío. Empecé a temblar 
involuntariamente, al mismo tiempo que me subía el cuello de la rebeca gris que mi madre me había regalado por Navidad. Me asomé a la ventana de nuevo, sintiendo su aliento, aún más frío, sobre mi cuello.
     —Sólo cuando dejamos de pensar en nosotros mismos, podemos aprender a mirar, a leer en las mentes de las personas. Usted no tiene remedio. Nunca será capaz de leer los sentimientos de los demás, nunca diseccionará sus almas. Su mente hace demasiado ruido. Sólo le queda una oportunidad. Dígame, ¿qué es lo que ve?
     Mis labios se movieron antes de que yo fuera consciente. Conforme fui describiendo, mi mano fue señalando cada uno de mis personajes.
     —Aquella pareja, ¿los ve?
     —Siga.
     —Él es un vampiro, que esta noche devorará a ese ángel. Hará negro lo blanco, e impuro lo puro. Ella nunca volverá a ser la misma persona. En una noche, su alma será engullida por los demonios, y se convertirá en uno de ellos.
     —¡Bravo!
     —Ese hombre junto al árbol, lleva un arma en su bolsillo. No la usará si no es por un motivo.
     —¿Qué motivo?
     —La chica. Está enamorado de ella.
     —¿Y matará al vampiro?
     —No. No es lo suficientemente fuerte.
     —Bien. ¿Y el profesor?
     Mis ojos volaron hacia la puerta del edificio. El profesor Robertson caminaba con paso firme 
hacia la salida del campus.
     —Es un mentiroso—rumié, cuando caí en la cuenta—. Parece un hombre honesto, pero no lo es. Arderá en el infierno por sus pecados.
     —Al profesor Robertson le gusta la carne poco hecha—confirmó. Es otro depredador, como el vampiro.
     Mi profesor me ofreció un vaso de agua. Lo miré, pero no alcancé a sostenerlo con mi mano. Mi cuerpo se derrumbó sobre la alfombra como un obelisco sobre la arena del desierto. No tenía fuerzas para sostenerme en pie. De mis sentidos, solo la vista y el oído registraban aún el espacio en el que me encontraba.
     —Y, dígame, ahora, querido amigo, que es lo que quiere hacer.
     Tenía el cuerpo completamente paralizado. Mis ojos suplicaban, aterrorizados.
     —Si usted quiere llegar a ser un buen escritor, tendrá que aprender a mirar. Y eso sólo sucederá cuando muera su ego. ¿Se da cuenta, ahora, de lo que le he estado explicando durante cinco años?
     El aire apenas entraba en mi pecho. El profesor acercó su oído a mi boca.
     —No le oigo. ¿Podría hablar más alto?
     Mis propias frases, en sus labios, me devolvieron mi ofensa inicial.
     —¿Quiere vivir, escribir o morir? ¡Decídase de una vez!
     Reuní todas las fuerzas que me quedaban, antes de exhalar las palabras que me salvaron la vida.
     —Vivir, profesor. Quiero vivir.
     —Así sea.

     El hombre acercó a mis labios el vaso que sostenía en la mano, y vertió su contenido sobre mi garganta. No recuerdo nada más. Al día siguiente me desperté en mi habitación, sin saber cómo había llegado hasta allí, desde el despacho del profesor. Alguien aporreaba mi puerta con insistencia, gritando al mismo tiempo mi nombre. Mi cabeza giraba como una peonza, mostrándome todos los ángulos de mi pobre habitáculo. Mi propia torpeza, al levantarme, me recordó al viejo. Alcancé a abrir la puerta, aún mareado y con las náuseas ascendiendo por mi esófago. Mi amigo James cayó sobre mí con toda su excitación.

     —¡Maldita sea, Eduard! ¿Qué demonios haces todavía en la cama? ¡Despierta!
     En el corredor de la residencia, mis compañeros iban de un lado hacia otro sin sentido. Se habían vuelto locos. Mi mente no terminaba de arrancar esa mañana. James me zarandeó. Parecía darse cuenta de mi estado.
     —¡Joder, Eduard! Date una ducha y espabílate. Esta mañana han encontrado muerto al profesor Stevenson en sus habitaciones. ¡Vamos! Date prisa. La policía está aquí. Quiere hablar con todos sus alumnos. Y contigo en especial. Parece que fuiste la última persona lo vio con vida.

     Sus palabras resonaron como un eco en mi cabeza. La última persona,... Medité una respuesta que no llegué a pronunciar. Sonreí, ante su cara de estupefacción.
     —¿Te alegras? ¿Qué demonios te pasa?
     Pero lo que me pasaba, no se lo podría explicar nunca a nadie. Se lo había prometido. Nunca lo 
repetiría, ante nadie.
     —¡Eduard!

     Cerré la puerta ante sus narices. El viejo había muerto, pero antes me había contado su secreto: vivir, escribir, morir. Y aprender a mirar. La experiencia había valido la pena. Sería un gran escritor.




     
     

     































     

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