Translate

jueves, 10 de julio de 2014

El sueño de la pasión produce monstruos.

     Nunca podía recordar su cara. Como un fantasma, Bruno Fuyet se deslizaba de mis recuerdos hasta convertirse en una mancha de tinta. Cuando me di cuenta, puse más empeño. Cerraba los ojos, en la cama, intentando emular cada uno de sus rasgos. Pero éstos se fundían como mantequilla, hasta hacerse líquidos, dentro de mis pensamientos. No me había pasado nunca, y yo mismo me propuse encontrar la razón de aquel misterio.
     Intenté, como buen pintor, no olvidar. Esa mañana me levanté con el firme propósito de hacer un retrato suyo. Coincidimos en la cocina, donde le observé primero con disimulo, luego con una avidez que le violentó. Él me conocía de sobra, así que se comportó pacientemente, para terminar por mostrarse desagradable. Supongo que tanto como yo.
     — Tú tienes un problema, pero vas a tener dos si no dejas de mirarme de esa manera.
     Su arrogancia me despertó de mi obsesión. Bajé los ojos inmediatamente, clavándolos en el suelo.
     —¿Te parezco un invertido?
     No supe que responder. Sus ojos me penetraron con una experiencia que me dejó helado e inmóvil, incómodo conmigo mismo. En aquel momento, lo único que se me ocurrió fue salir de la cocina, en dirección a mi habitación, que también era mi estudio. En un intento de supervivencia, aspiré hondo y llene mis pulmones del mismo aire que él respiraba. Aquella mañana, tampoco pude hacer su retrato. Había vuelto a olvidar su cara.
     Pasaron varios días en los que no salí de mi habitación. Oía sus pasos ligeros, que se detenían frente a mi puerta, al mismo tiempo que su habitual tarareo sin sentido.  Entonces, me tapaba los oídos con fuerza, como si con ello pudiera hacer desaparecer el rastro de su presencia. Pero  era en vano. Cada uno de sus pasos resonaba como un timbal en mi cabeza. También podía recordar cada nota de su canturreo sin sentido. Pero no podía recordar el color de sus ojos, la curvatura de sus labios, el ángulo de sus pómulos, o la deriva de su mentón. ¡Maldita sea! Yo era pintor.
     Aquella locura cesó una mañana, por casualidad. La ceguera de mis sentidos se destapó como una botella cuando salí a la calle, dispuesto a gastar mis últimos cinco Marcos en un lienzo nuevo. Contemplé el billete mientras sacudía de mi nariz todos los efluvios que impregnaban mi habitación y mis ropas. Nunca había sido consciente de mi olor a óleo como en aquel momento, en el que valoraba las opciones. Prefería mil veces pintar que comer. Me llevé el billete a la nariz, intentando tomar la decisión que sabía más prudente. Mejor comer que pintar, repetía.
     Me quedé plantado en la acera, como un imbécil, cuando reconocí, por primera vez en mucho tiempo, el olor del dinero. Y al mismo tiempo descubrí la razón de mi monstruo. Bruno Fuyet olía a dinero, a billetes de cinco Marcos. El dinero que yo no tenía.
     Y en aquel momento tomé la peor decisión de mi vida. Dejé de ser artista y me prostituí. Mis cuadros comenzaron a venderse, adquirí cierto nombre como pintor y, transcurridos más de cuarenta años, me he convertido en un hombre sobradamente rico. Ahora vivo, desde hace bastante tiempo, en Estados Unidos. Mi familia está consolidada, mis hijos son adultos, bien situados. Tengo una esposa elocuente y vivaz. Mis cuadros son motivo, en ocasiones, de polémica. Me lo puedo permitir.
     De mi juventud en Alemania tengo gratos y claros recuerdos, pero a veces, de noche, me despierto sudando, nadando en mi propia desesperación. Entonces abro el cajón de la mesita y saco un billete de cinco Marcos que aún conservo como recuerdo. Me lo llevo a las fosas nasales y aspiro con fuerza. Pero no sirve de nada. Sé de sobra que no es el mismo. Éste, ya no huele.
     Con aquel otro billete nunca llegué a comprar el lienzo. 
     Nunca he podido recordar la deriva de su mentón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario