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miércoles, 16 de julio de 2014

Diario de una mujer del siglo XX (2)

     La habitación permanecía en penumbra. El olor a algodón de las sábanas se entrelazaba con el fuerte almizcle de la sangre recién parida. Águeda dejaba caer su brazo, inerte, sobre la cama. La matrona aún sostenía al bebé en su regazo, esperando una señal.
     —Sangre de mi sangre— rumiaba Águeda.
     Desde la puerta, la niña Inés contemplaba, con temor, a su nueva hermana.
     —¿Ha llegado ya Asunción?
     —Aún no— respondió la señora María—. El tío Andrés dio aviso esta mañana, pero, ya sabe usted lo que tardan esos malditos trenes, y más como están las cosas.
     Agueda chasqueó la lengua.
     —Haga el favor de no hablar de trenes, ¿quiere?
     Aquellas dos mujeres conocían bien el carácter de la parturienta. Ninguna de las dos se atrevió a contravenirla.
     Tres meses antes, su esposo subió al convoy de Aragón. Se había quedado entre Barracas y Rubielos, junto con los otros muertos. Águeda apretó aún más los labios. Más le hubiera valido trabajarse  la huerta, pero tenía que encontrar un puesto mejor, decía. La locomotora se salió de la vía y circuló por inercia unos metros sobre la tierra, deteniéndose en seco. Los vagones posteriores se precipitaron sobre ella, terminando todos terraplén abajo. Dijeron que habían sido los maquis, pero Águeda no terminaba de creérselo. Ellos siempre habían sido republicanos, como los de la guerrilla. ¿A qué santo iban a matar a tantos de los suyos? De eso hacía casi tres meses, y todas las noches desde entonces, Manuel venía a su cama como si estuviera vivo.

     La criatura vino de nalgas. El parto fue tan largo y doloroso, que Águeda ni siquiera quiso verla cuando la matrona acercó el bebé a su pecho.
     —Tendrás que amamantarla.
     Se mordió los labios, aún con pequeños latigazos en su vientre y la mirada perdida.
     —¿Está entera?
     —Mírala tú misma, mujer. Es igualita a tu difunto esposo.
     —Mayor motivo me das. Búscale un ama de cría. Yo tengo que trabajar. La otra niña tendrá también que comer.
     No había nada más que hacer. Las dos mujeres lo sabían. 
     —Pilarica, la de Solves, acaba de parir —anunció la matrona. Esa tendrá bastante leche para las dos.
     —Anda, y vete a llamarla.
     La señora María deslizó una peseta en su mano.
     —No hace falta que me lo de, María. No la querrá, siendo que es la hija de Águeda.
     —Igual tiene que no la quiera. Tú, dásela.
     Desde la puerta, Inés contemplaba la escena con los ojos muy abiertos. Acababa de cumplir cuatro años, y apenas tenía conciencia ni recuerdos. A su madre la veía poco, el tiempo que compartían en las comidas y las cenas. El resto, lo pasaba con las vecinas de la calle, aunque a veces su abuela venía a visitarla y le interrogaba sobre cosas que ella no sabía responder. De su padre,  podía recordar su olor a carbón y sus manos ásperas. Había dejado de preguntar por él, porque tenía miedo de los ojos de su madre. Cuando habló, las dos mujeres se sobresaltaron. Ninguna se había dado cuenta de su presencia.
     —¿Cuándo llega la tía, madre?
     Águeda se incorporó en el catre, maltrecha.
     —Hoy mismo, si ha tenido suerte de encontrar un sitio en el tren.
     —¿Y se va a quedar, madre?
     —¡Dios lo quiera!— respondió, sin pensar, la señora María.
     
     


     

     





     

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