Asunción se fue del pueblo con diecinueve años. No quería pasarse la vida como su hermana Águeda, restregando las ropas de las señoras y cociendo caldos y potajes. A su juicio, eso era mucho peor que trabajar en la huerta de su padre. No le hubiera importado, pero era mujer, y entre sus tareas no tenía asignada ninguna en la que formara parte compartir tiempo con aquel hombre tan distante. Cuando se marchó, aún le quedaba otro hermano, pero lo fusilaron. Su carta llegó casi un año después, desde la prisión de Madrid, pero nunca se la enseñó a nadie, mucho menos a su hermana, que ya tenía bastante castigo con no tener apellido. A Asunción, este hecho apenas le importaba, pero para Águeda, cualquier burla venida de boca de otro niño de la calle, se convertía en una herida que atizaba cada noche durante mucho tiempo, manteniéndola encendida como el carbón de la cocina de sus padres. Aún masticaba un rencor que no la dejaba vivir.
Barcelona fue, para ella, una revelación. Salió del pueblo de estampida, huyendo de los cortejos de un imbécil que apenas sabía más que su nombre, y de la constante insistencia del párroco para que contrajera matrimonio lo antes posible. Su hermana Águeda se había casado con otro memo que malvendió las tierras de sus padres para hacerse ferroviario. Ahora ese también estaba enterrado, como el resto de su familia. Cuando recibió la noticia, supo que no le quedaba más remedio que volver, por mucho que lo lamentara. Águeda la necesitaba, y sus dos hijas, aún más.
—Me he enterado esta mañana. ¿Qué vas a hacer?
Asunción bajó los ojos.
—No irás a marcharte ahora, ¿verdad?
—Eso no es asunto tuyo, ya te lo dije.
Javier apretó el sombrero con más fuerza, hasta dejarlo inservible. Había conocido a Asunción en casa de su tía, donde ella pasó los primeros meses de estancia en Barcelona. Cuando se marchó a la pensión, Javier, que estudiaba magisterio, se fue con ella y alquiló un cuarto en el mismo edificio, con un catre y una mesita que le servía las veces de escritorio y de comedor. La atosigó tanto, que ella al final cedió. Desde entonces, pasaban juntos todo el tiempo libre del que disponían. Javier le enseñó a leer y a escribir, a escuchar historias que a ella le parecían increíbles y le provocaban risa por lo imposibles que sonaban. Ambos acabaron perdiendo la virginidad en aquel catre. Javier estaba loco por ella.
—Claro que es asunto mío—protestó.
Asunción respiró hondo. No le quedaba más remedio, se repetía.
—Me voy mañana. Ya tengo el billete.
A Javier se le cayó el alma a los pies.
—Y haz el favor de dejarme en paz. En el pueblo ya tengo quien me espera, aparte de mi hermana.
Y fue él, el que en ese momento bajó los ojos, intentando disimular el temblor incontrolado de su barbilla. Contempló su ya inútil sombrero. Sin decir una palabra, se dio media vuelta y enfiló calle arriba.
Asunción lo observó mientras se alejaba. Contó los pasos de su amante, acentuando cada dos tiempos, debido a la humilde y permanente cojera que Javier conservaba de nacimiento. Nunca vendería su libertad a otro hombre. Nunca permitiría que él renunciara a lo suyo. Nunca, amaría a otro, como lo quería a él.
Estoy esperando lo que sigue impaciente....��������
ResponderEliminarYo también, jeje!!
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